Demian Chávez
Corresponsal
Periódico La Jornada
Viernes 20 de marzo de 2026, p. a12
Querétaro, Qro., Santa Rosa Jáuregui, delegación del municipio de Santiago, recibe a sus visitantes con un espectacular en el que se lee: “Querétaro, la capital del futbol”. En la ilustración aparece cabeceando un balón de futbol Josefa Ortiz, mejor conocida como La Corregidora, mismo nombre que lleva el estadio mundialista de 1986. A esa delegación pertenece la comunidad de San Miguelito, poblado que fue famoso hace tres décadas por ser maquilador y luego creador de balones. Hace 30 años existían al menos 100 talleres, hoy escasos seis sobreviven y están en búsqueda del reconocimiento para que su trabajo sea valorado como artesanía.
José Balderas heredó la tradición de elaborar balones e intenta, con grandes esfuerzos, continuarla y elevarla a nivel de artesanía.
En conversación con La Jornada detalla que de esta actividad “me acuerdo desde que era niño, tenía más o menos 10-12 años cuando ya cosía balones”. Es una tradición que heredó de su abuelo, de su padre, que compartió con sus tíos y que sus hijos no tienen la ilusión de continuar.
Balderas recurre a su memoria y explica que la maquila de balones llegó a San Miguelito “con las marcas Garcís o Estrella más o menos en los años 70 y 80. Venían de Ciudad de México. Ellos (sus antecesores) comenzaron nada más a coser el balón y con el tiempo decidieron traer el material para poderlos fabricar y ya de ahí se quedó la tradición aquí”.
De la economía boyante al declive
La economía del pueblo se sostuvo de la elaboración de los esféricos. Balderas indica que “la gente vivía de eso, porque hubo un tiempo que se hacía puro balón aquí en San Miguelito, en todas las casitas habían talleres, aunque no sólo elaboraban las redondas, también incursionaron en guantes, peras y costales de box; balones de futbol americano y voleibol”.
En décadas pasadas las ventas se hacían en los mercados, tiendas deportivas e incluso en los mis-mos talleres.
Balderas detalla que el producto “la gente venía a buscarlo aquí, pero también muchos salían a la Ciudad de México, Monterrey, Guadalajara y León. Yo conocí a una persona que cada ocho días llevaba de 900 a mil balones a Monterrey; más o menos eso era lo que producía él”.
Al paso del tiempo, la boyan-te economía tuvo un declive al entrar en vigor el Tratado de Libre Comercio, y el ingreso de mercancía china hizo que las ventas cayeran estrepitosamente. “Competir con el balón chino no se iban a poder. Ellos lo sacan en serie y tú consiéndolo a mano no vas a competir. Los talleres en San Miguielito empezaron a competir bajando la calidad, pero no funcionó. Se acabaron los cosedores, no había, no sustentaba el producto o el valor para pagar (a los trabajadores); ese fue el problema”, lamenta Balderas.
La economía del pueblo se diversificó, “los cosedores comenzaron a migrar (a Estados Unidos), otros a la construcción, era lo que había. Y después fueron llegando también las industrias y empezó a dispersarse la poquita gente”.
Recientemente, como parte de un ejercicio universitario de estudio de mercado, evaluaron el producto y “nos dijeron que estaba bien, pero que debíamos darlo a conocer y transmitirle a la gente qué es lo que le estábamos vendiendo y haciendo”, compartió Balderas.
Sobre los equipos profesionales de futbol comentó con nostalgia: “esperemos que algún día vengan a conocer nuestros balones”. Y recordó que “en aquellos tiempos, cuando estaba el equipo Atletas Campesinos, dicen que sí vinieron a San Miguelito”.
Balderas tiene en perspectiva la elaboración de balones no sólo para rodar en los campos de tierra en los partidos llaneros, en las explanadas de las escuelas o los pastos artificiales de las canchas de futbol rápido, sino también en que cada pieza se convierta en una obra artesanal que sea coleccionada.
De los diseños, subraya que anteriormente eran fabricados en cuero; “mi papá sí me cuenta que lo trabajó mi abuelo, mis tíos, pero yo ya no. Nosotros ya empezamos con el sintético”. Actualmente, elabora dos tipos de balones, la versión comercial, de material sintético, y el artesanal con piel bruñida. Ambos cosidos a mano con precios de mil 50 pesos el de cuero y 750 su versión sintética.
Mercado en línea, uno de los pendientes
Moisés Hernández lleva 40 años fabricando balones cosidos a mano. Lo tienen en la memoria desde que tenía 12. Hoy, a los 67, comenta a La Jornada que son multiples factores que han abatido la producción. Desde el ingreso de la mercancía china, falta de seguridad social y económica en los talleres, el crecimiento de residenciales y parques industriales en las cercanías de la comunidad; la migración, la pandemia por covid-19 y recientemente la falta de actualización para entender el mercado en línea.
El Mundial de futbol representa un ligero respiro para él. Comparte que está “chambeando ahorita balones de la Copa, no como el oficial, pero sí va con ese tema, pues las empresas los entregan al público. Pero que diga usted que las escuelas de futbol manden a hacer balones, ya no, y antes sí”.
El reto
Uno de los retos de los baloneros de San Miguelito es fundamentar porqué su trabajo no sólo es una manualidad, sino una artesanía. Desde la perspectiva de la Coordinación de Patrimonio Inmaterial y Fiestas Comunitarias de la Secretaría de Cultura del estado de Querétaro, José González Luján, auxiliar de la dependencia, explicó a La Jornada que “la fabricación de balones puede considerarse una artesanía cuando se realiza con técnicas tradicionales y materiales locales. Aunque también puede clasificarse como manualidad, si se emplean insumos prefabricados o procesos semindustrializados sin una identidad cultural comunitaria definida, y suelen responder a modos o tendencias temporales. Si un balón se ensambla a partir de piezas ya cortadas o materiales industrializados, con un proceso más estandarizado y menos ligado a la tradición, indiscutiblemente se va a clasificar como una manualidad”.
