▲ Brian Gutiérrez en uno de los intentos de hacer jugadas de peligro.Foto Víctor Camacho
Alberto Aceves
Periódico La Jornada
Domingo 29 de marzo de 2026, p. 9
Más que un partido preparatorio, el México-Portugal era un ensayo general, la prueba definitiva de que el estadio Azteca –ahora renombrado estadio Banorte– está listo para reclamar su lugar como el único templo del futbol que ha visto tres veces la inauguración de la Copa Mundial de la FIFA.
Más de 81 mil 300 personas acudieron al despertar del renovado gigante de techos rojos, una estructura capaz de sostener el peso del mundo, la presión del reloj y partidos decepcionantes como el de ayer (0-0), donde el resultado es un bostezo de lujo y los abucheos contrastan con la magnitud del escenario.
México se dedicó a lo que mejor sabe hacer cuando el rival es serio: correr detrás de la pelota, una persecución inútil y agotadora que generó casi nada en el arco defendido por Rui Silva. El equipo nacional incluso se salvó de milagro, porque un remate del delantero del París-Saint Germain, Gonçalo Ramos, pegó en el poste.
La afición cumplió con el libreto los primeros 20 minutos. Cantó el “Dale, dale, México”, organizó la Ola y regaló un aplauso cerrado al mediocampista Álvaro Fidalgo, nacido en España, pero naturalizado mexicano. Sin embargo, el amor en el Azteca dura lo que tarda en llegar el aburrimiento.
Los aplausos se volvieron silbidos y una multitud empezó a invocar a Armando Hormiga González, como si un solo nombre pudiera arreglar el desierto de ideas del Tricolor. La única respuesta llegó en contra del equipo: abucheos, reproches y preguntas sin resolver sobre un once titular.
La FIFA, por otro lado, implementó las pausas de hidratación. Oficialmente, para cuidar la salud de los atletas, pero, en la práctica, para que las pantallas gigantes mostraran publicidad durante los minutos de silencio forzado. “Hay que tener pantalones y tamaños, porque la afición nos pide ganar”, declaró posteriormente el técnico nacional Javier Aguirre sobre los abucheos hacia el plantel.
En las calles, el movimiento de antaño fue sustituido por una geometría estricta. Ya no hay puestos de banderas ni puestos de lámina donde se vende comida. Lo que queda es una procesión silenciosa. “Venimos desde Gran Sur. Hicimos 40 minutos, rodeando casi todo el estadio para entrar”, relató el tabasqueño David Morales, uno de cientos de aficionados que recorrieron entre 2 y 3 kilómetros a pie desde el centro comercial para alcanzar la puerta. Más que un complejo deportivo, el Azteca pareció una enorme terminal de transbordos donde los aficionados con boleto pasaron horas preguntando por la ubicación de puertas, números de asiento y coordenadas perdidas.
A la fiesta le hizo falta su invitado estelar: Cristiano Ronaldo. El portugués no cruzó el Atlántico por una lesión muscular, pero cientos de camisetas con el número 7 vistieron a niños y jóvenes que poblaron las gradas. Adentro, el nuevo templo con nombre bancario expulsó todavía el polvo de la obra reciente. Mientras el ingreso generó retrasos por los filtros de seguridad, un desfile incesante de camiones RTP, Metrobús y Trolebús, los nuevos pulmones que inyectaron la marea tricolor al recinto, modificó el paisaje habitual de las principales avenidas. En cuanto al partido, los dos equipos se miraron sin tocarse. Portugal propuso, pero la defensa de México defendió el cero como única recompensa.
“Jugar en el Azteca es un premio. No es fácil tener un estadio tan mítico como éste”, resaltó el seleccionador de Portugal, Roberto Martínez, luego de ser testigo de su reapertura. “Esta es la catedral del futbol en el mundo. Maradona y Pelé dictaron sentencia. Es un orgullo, era lo que esperábamos. Pero el partido necesitaba un gol para que los aficionados se fueran contentos”. Martínez utilizó por primera vez a Paulinho, tricampeón de goleo en la Liga Mx con el Toluca, “un jugador que podría estar en cualquier equipo del mundo, sólo que en Portugal compite con Cristiano Ronaldo”.
Aunque el templo estuvo listo, el partido no produjo esa comunión eléctrica que justifica el gasto y la espera por un boleto. El 0-0 se instaló como una verdad incómoda, un abucheo largo que recorrió las tribunas recién pintadas de la sede mundialista. Con el final del encuentro, la salida se volvió un espejo cruel de la llegada, el mismo laberinto metálico hasta calzada de Tlalpan: aficionados agolpados en las aceras, esperando un transporte que no llega o viene lleno.
