Aunque en el imaginario colectivo un desierto es un mar de arena cruzado por camellos, en realidad hay muchos tipos de desiertos: cálidos, fríos, volcánicos, costeros, interiores, rocosos, lunares, salados… Porque la principal característica de un desierto no es su aspecto, sino la falta de lluvias. Y bajo esa definición, España cuenta con varios ejemplos repartidos por su geografía, algunos más evidentes y otros bastante inesperados.
En nuestro país predominan los climas áridos y semiáridos, con precipitaciones escasas y muy irregulares, temperaturas que pueden ser extremas y una vegetación adaptada a sobrevivir con muy poca agua. De ahí surgen paisajes tan característicos como las cárcavas, los barrancos o las llamadas badlands, moldeados por la erosión durante miles de años. Además, aunque a simple vista puedan parecer lugares vacíos, muchos de estos espacios albergan una biodiversidad sorprendente.
