▲ En el contexto de la Copa del Mundo, la Secretaría de Seguridad Ciudadana organizó un torneo interreclusorios.Foto Jorge Ángel Pablo García
Alberto Aceves
Periódico La Jornada
Miércoles 6 de mayo de 2026, p. a10
En el Reclusorio Norte, los nombres se pierden por un expediente o número de causa. Los internos ingresan escoltados por patrullas de la Secretaría del Sistema Penitenciario. Bajan de las camionetas esposados, custodiados por policías que coordinan la entrada y salida de unidades. Llevan su ropa en bolsas de plástico, utilizan chanclas, uniforme de recluso y cumplen sentencias por circunstancias que ya no quieren nombrar. La cárcel es una palabra que pesa toneladas, pero el futbol y la cercanía de la Copa Mundial hacen sentir un poco la libertad que está allá afuera. “Cuando juegas se te olvidan las rejas, piensas que estás en el deportivo del barrio o cualquier cancha de la calle”, dice el portero José Francisco, a quien apodan el Winnie, condenado a prisión hace 10 años y campeón por segunda vez con el representativo del Reclusorio Oriente en la final de la Copa de la Reinserción, organizada por la Secretaría de Seguridad Ciudadana.
Vigilancia, polvo y gritos
Desde la torre de vigilancia, los binoculares de los guardias diseccionan la llegada de las visitas. No hay gradas de estadio europeo, sino polvo, gritos que suben del patio trasero y muros que devuelven el eco de las celdas. Sobre el circuito de cemento, la vida carcelaria sigue su curso con internos que preparan comida para las fami-lias, policías con radios intercomunicadores, casi todos con un arma en la cintura, y autoridades que intentan que la tarde parezca una fiesta mundialista. “¡Oriente! ¡Oriente!”, gritan desde la orilla de un campo rodeado por edificios donde se golpean costales de boxeo y se realizan visitas conyugales: el sudor y el deseo como fronteras.
De pronto, las tres mascotas mundialistas –Clutch, Zayu y Maple– bailan entre los asistentes bajo una temperatura que alcanza los 30 grados. Mientras las autoridades se acomodan en las gradas, el cinco veces mundialista Rafael Márquez atraviesa los mismos filtros de seguridad, camina el pasillo de sombra y sonríe, como si el futbol fuera ese lenguaje que permite entenderse incluso a través de las rejas. El auxiliar técnico de la selección nacional mira el partido de exhibición entre los equipos femeniles de Tepepan y Santa Martha Acatitla (0-2, marcador final), aplaude, se detiene a firmar camisetas, acepta la admiración de quienes sólo observan el mundo por televisión.
“La vida adentro es difícil: cuando piensas que estás loco, siempre hay uno más loco que tú. El futbol me ha alejado de los problemas: sientes que eres libre, que estás vivo otra vez”, agrega el Winnie, admirador de Adolfo Ríos y parte del equipo del Reclusorio Oriente que entrena lunes, miércoles y viernes –los días de no visita– para competir en torneos internos donde se gana dinero por jugar. “Llevo 10 años allí. Lo único que le digo a mi hijo es que le eche ganas y no se equivoque, porque, por un error, él sabe que hoy no podemos compartir mucho tiempo. Ojalá que alcancemos una segunda oportunidad. Por lo pronto, ya le pedimos a Rafa Márquez que nos lleve al quinto en este Mundial, vamos a ver los partidos de la selección desde las rejas”.
Escapar de la realidad
El césped tiene zonas de tierra blanda donde la pelota rebota con un capricho irregular. Algunas reclusas tropiezan o resbalan, pero el encuentro genera olas de gritos y la atención cerrada de decenas de uniformados que no dejan de vigilar sus jugadas. Al medio tiempo, una botarga de Lionel Messi anuncia su llegada y suena el reggae, el so-nido de la banda de guerra y las voces de mando de la escolta de la Policía Bancaria Industrial. Por un instante, el Reclusorio Norte parece un pequeño recinto deportivo, custodiado por un mural que intenta la redención a través de la pintura: boxeadores, atletas y futbolistas orbitan alrededor de un corazón gigante.
“Es difícil vivir una situación como ésta. Aunque no tenga cerca a mi familia, sé que soy una guerrera. Me gustaría que ellos vean que estoy bien, que sigo echándole ganas. Quiero llegar a ser muy grande, porque es un deporte que me saca de la realidad”, señala Elizabeth Villagrana, ganadora del encuentro de exhibición con el equipo de Santa Martha Acatitla. El paréntesis de 90 minutos se cierra para las jugadoras cuando el número de expediente regresa a ocupar su nombre en las actas. “Lo más doloroso del futbol es regresar al reclusorio cuando terminan los partidos”.
La final del torneo –con más de 200 participantes– reúne a decenas de internos como espectadores. Los jugadores del Reclusorio Oriente son escoltados por policías hasta el centro del campo. Si algún familiar intenta tener contacto con ellos, los llevan de regreso hacia afuera. “Concéntrate, Fernando”, “Dale con todo, Memo”, impulsan compañeros y familiares. Todos los reclusos –incluidos los representativos femeniles– portan una pulsera verde que los identifica a varios metros de distancia. Después del empate (1-1) en el tiempo regular, la definición por penales (5-4) favorece al equipo del Oriente ante Cevasep 1, aunque en este lugar la victoria es siempre un estado transitorio.
“La cabeza es el único lugar donde pueden mantenerse libres, carnales”, les dice a los campeones el rapero, reguetonero y cantante de salsa y corridos, Eme Malafe, invitado por las autoridades del centro penitenciario, localizado en la alcaldía Gustavo A. Madero. “Todos estamos a una pendejada de caer. Cualquier errorcito puede costarnos la libertad, pero hoy ellos (los finalistas) no son reos, sino futbolistas. Sienten que están jugando para miles de personas, como lo hacen los profesionales”.
El futbol termina y el mundo de afuera reclama su orden. Los internos vuelven a la fila, se despojan de las camisetas de juego y recuperan el uniforme penitenciario antes de subir a las unidades de traslado. Caminan con la cabeza baja, recobrando esa postura de hombres que saben que no son dueños de sus minutos. Se apagan los gritos, se guardan las banderas. Pero en sus piernas todavía queda la vibración de la pelota, esa pequeña victoria física que les sirve para soportar el peso de la reja cuando vuelva a cerrarse.
