En la comarca catalana del Bages se encuentran los vestigios de un pasado glorioso. Y es que el conjunto arquitectónico de Sant Jaume de Vallhonesta, además de ser una joya muda de la historia, ofrece a quien lo visite unas vistas espléndidas de la riera de Matarrodona y el imponente Torrent de l’Infern. Esta ubicación privilegiada no fue fruto del azar, sino de la necesidad estratégica de dominar el paso entre los términos de Sant Vicenç de Castellet, Mura y el Pont de Vilomara. Lo que hoy es una silueta melancólica fue en su día un punto de referencia vital para quienes se aventuraban por los senderos de la Catalunya central.
Su origen se remonta a la Edad Media, apareciendo documentado ya en el año 1115 como un dominio perteneciente al condado, lo que subraya su antigüedad milenaria. Aquellos que hoy recorren el Parc Natural de Sant Llorenç del Munt i l’Obac no pueden evitar sentir el peso de los siglos al observar sus muros informes. Es un lugar donde el tiempo parece haberse detenido, permitiendo que la vegetación y el silencio reclamen lo que una vez fue el bullicio constante de una de las paradas más importantes del antiguo camino.
El hostal de Sant Jaume es considerado probablemente el más antiguo de la mítica ruta del ‘Camí Ral’ que cruzaba el collado de Daví. Durante centurias, este sendero fue la arteria principal que conectaba las ciudades de Barcelona y Manresa, uniendo destinos a través de un terreno abrupto. En aquellos tiempos, recorrer la distancia que separaba ambas urbes era una verdadera odisea que exigía a los viajeros una marcha ininterrumpida de unas trece horas. Vallhonesta se convirtió así en el refugio imprescindible donde arrieros, comerciantes y peregrinos detenían su camino para descansar y recuperar fuerzas antes de proseguir el viaje.
El complejo no solo ofrecía cobijo, sino que se estructuraba alrededor de un gran ‘mas’ y una era enrajolada que separaba las distintas estancias del hostal. Fue una parada frecuentada por miles de personas que daban vida a una economía basada fundamentalmente en el cultivo de la vid y el intercambio comercial. La importancia de este enclave queda reflejada en los registros históricos que lo sitúan como un punto de encuentro esencial para la logística de la época. Caminar hoy por estos senderos permite imaginar las pisadas de aquellos hombres y mujeres que, cargados de esperanzas y mercancías, veían en este hostal un oasis de seguridad.
El máximo esplendor de esta edificación se alcanzó entre los siglos XVII y XVIII, un periodo en el que el hostal bullía de actividad constante. Los documentos de la época, como un catastro del siglo XVIII, revelan la magnitud de sus instalaciones al mencionar que las cuadras podían acoger hasta setenta mulas. Esta enorme cifra para la época da fe de la inmensa cantidad de viajeros y mercancías que circulaban diariamente por esta ruta hacia o desde Barcelona. La estructura del conjunto arquitectónico era imponente, contando con dos plantas diferenciadas: una destinada a los ‘masoveros’ y otra reservada exclusivamente para los dueños.
El hostal disponía de una gran cocina, terrazas con cisternas protegidas y amplias caballerizas cubiertas con grandes bóvedas de piedra que aún hoy pueden adivinarse. El desnivel del terreno se aprovechó con ingenio, permitiendo dos accesos distintos conocidos como la puerta de Barcelona y la de Manresa. Esta prosperidad económica permitió que el término de Vallhonesta creciera, rodeándose de otros ‘masos’ dispersos como La Serra o El Ginebral. La vida en el hostal era el reflejo de una sociedad que encontraba en el camino su principal fuente de ingresos y de contacto con el mundo exterior.
Sin embargo, la paz del camino se vio truncada por la violencia de los conflictos bélicos, especialmente durante la Guerra del Francés entre 1808 y 1812. En este periodo oscuro, el hostal dejó de recibir viajeros para convertirse en una estratégica caserna militar y un centro de defensa fundamental. Desde aquí, el mando coordinaba diversos puntos de vigilancia repartidos por el Bages sur y el Vallès, aprovechando su visibilidad y ubicación elevada. La tragedia golpeó con dureza en febrero de 1811, cuando las tropas francesas en su retirada decidieron incendiar el histórico edificio.
Aunque el ‘mas’ logró sobrevivir y permaneció habitado durante algunas décadas más, el hostal necesitó rehabilitaciones profundas para intentar recuperar su antigua funcionalidad. Este episodio marcó el inicio de una vulnerabilidad que antes era desconocida para los habitantes y gestores de este enclave de montaña. A pesar de los daños, el orgullo de sus muros de piedra resistió el fuego enemigo, aunque las cicatrices del conflicto quedaron grabadas para siempre en la memoria del lugar. La guerra no solo trajo destrucción física, sino que alteró permanentemente las dinámicas sociales de un territorio que siempre había dependido del libre tránsito.
La soledad de las montañas y el tránsito constante de personas propiciaron que Vallhonesta fuera también escenario de innumerables leyendas y relatos de bandoleros. Los ladrones de caminos acechaban con frecuencia a los huéspedes, atraídos por la riqueza que circulaba en carruajes y las mulas cargadas de tesoros. Se cuentan historias sobre misteriosos personajes vestidos con casacas de botones de oro que ocultaban espadas bajo sus capas para asaltar a los incautos. La realidad de estos peligros hizo que el hostal fuera un lugar de vigilancia constante, donde los ‘masoveros’ debían estar alerta ante cualquier visita inesperada. Estos relatos de bandidaje, que mezclan realidad y ficción, otorgan a las ruinas actuales un aire místico que atrae a aquellos fascinados por el pasado romántico.
El ocaso definitivo de la importancia de Sant Jaume de Vallhonesta llegó con los avances de la era moderna y la revolución de los transportes. Hacia mediados del siglo XIX, la construcción de la nueva carretera de Can Maçana desvió el flujo tradicional de viajeros, dejando el antiguo camino real en el olvido. Pocos años después, en 1859, la entrada en funcionamiento del ferrocarril entre Terrassa y Manresa sentenció el destino del histórico hostal. Las trece horas de caminata se redujeron drásticamente, y las paradas obligatorias para descansar perdieron su razón de ser en un mundo que empezaba a moverse a vapor. Las rutas que antes eran vitales quedaron relegadas a simples caminos ganaderos, transitados únicamente por pastores y sus rebaños en busca de pastos.
Incendio y derrumbe
Tras el abandono definitivo en la década de los cincuenta, las ruinas de Vallhonesta sufrieron una decadencia acelerada que culminó en nuevos episodios de destrucción. Durante la postguerra, los parajes más feréstecos del Bages sur sirvieron de refugio para los maquis, quienes utilizaron el antiguo ‘mas’ como base de operaciones. Sin embargo, el golpe de gracia para la estructura del edificio no llegó de manos humanas, sino a través de un devastador incendio forestal en el año 1985. Este fuego consumió las antiguas vigas de madera que aún sostenían los techos, provocando el derrumbe generalizado de casi todo el complejo arquitectónico.
Afortunadamente, no todo el conjunto ha sucumbido al paso del tiempo, pues la ermita de Sant Jaume de Vallhonesta se mantiene en un excelente estado de conservación. De origen románico y restaurada en el siglo XV, este templo religioso sigue siendo el punto de referencia espiritual y visual de toda la carena de la sierra. Su presencia, junto a la era y los muros del hostal, conforma una estampa icónica que atrae a senderistas y amantes del patrimonio cultural. Actualmente, el lugar goza de protección legal como Bien Cultural de Interés Local, asegurando que su historia no se borre del todo.
