México ganó y yo me quedé en el ya merito. Dos a cero contra una selección que llevaba casi dos décadas sin aparecer por los mundiales, el Azteca –ahora un genérico Ciudad de México, aunque mejor la enclenque generalidad antes que ese genitivo bancario que nadie pidió– fundido en una sola exhalación que amartilló los 90 minutos el repertorio entero, o casi: cielitoslindos, sísepuedes y rrarrarrás, mientras yo miraba el partido desde la bulliciosa soledad de la cantina, buscando un pretexto para objetar la dicha ajena. Es una vocación, no una postura. Hay quien nace para el júbilo y quien nace marcado por el signo del reparo. El primer gol llegó al minuto ocho a partir de un error en la salida sudafricana y no de la ingeniería de nuestro mediocampo; el segundo fue un cabezazo de Jiménez, quien finalmente se sacudió la carestía: tras marcar encaró a la tribuna y alzó la mirada para buscar la figura de su padre, recientemente fallecido, entre el gentío. Con ese gesto nos arrastró a todos a un enternecimiento sin salida de emergencia. Contra eso no se discute.
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