El distrito de Gràcia, en la ciudad de Barcelona, ha decidido rendir un homenaje histórico al legado cultural de uno de sus hijos más ilustres mediante la aprobación de un nuevo espacio público. ‘Bautizado’ como plaza del Capitán Trueno, se trata de un espacio situado frente al casal de Can Carol, en el corazón del barrio de Vallcarca. Esta iniciativa busca reconocer a una de las figuras más influyentes del cómic español y a su creador, el guionista barcelonés Víctor Mora Pujadas. El personaje, que marcó a múltiples generaciones durante la posguerra, tendrá finalmente un rincón físico en la ciudad que lo vio nacer.
El acuerdo municipal destaca que la obra no solo fue un éxito comercial sin precedentes, sino también un vehículo de valores fundamentales. En plena dictadura, Trueno representó un soplo de libertad y dignidad humana que trascendió el formato del tebeo. Ahora, el nombre del caballero andante medieval quedará grabado en el nomenclátor de Barcelona para siempre. La elección del barrio de Vallcarca para este reconocimiento no es fruto del azar, sino que responde a un vínculo histórico profundo con la industria editorial. Muy cerca de la nueva plaza se encontraba la antigua sede de la mítica Editorial Bruguera, el motor que impulsó el tebeo en España. El edificio que hoy alberga el Centro Cívico El Coll-La Bruguera fue durante décadas el lugar donde se gestaron estas historias. Por ello, la ubicación frente a Can Carol adquiere un significado especial.
Víctor Mora, nacido en la capital catalana el 6 de junio de 1931, tuvo una infancia marcada por la turbulencia política y el drama del exilio. Tras la Guerra Civil, su familia se trasladó a Francia, donde su padre estuvo internado en campos de concentración antes de fallecer prematuramente. Estas experiencias forjaron en el joven Víctor un carácter resiliente y un compromiso inquebrantable con la justicia social y la libertad. En el país vecino tomó contacto con la literatura europea y las viñetas de “El Príncipe Valiente”, que serían una inspiración clave. Regresó a Barcelona a los once años, en 1941, tras la invasión alemana de Francia, y se vio obligado a trabajar precozmente.
Autodidacta por necesidad, Mora devoró las obras de autores como Salgari, Verne y Scott, mientras dibujaba sus propias historietas. Su formación no se dio en las aulas, sino en las bibliotecas y en las duras calles de la Barcelona de posguerra. Este bagaje vital se convertiría más tarde en la base emocional de sus guiones más célebres y profundos. En el año 1951, con apenas veinte años, Mora ingresó en la Editorial Bruguera como redactor y traductor, demostrando pronto un talento narrativo desbordante. Aunque inicialmente intentó ser dibujante, sus jefes advirtieron que su verdadera fuerza residía en la capacidad para crear mundos y diálogos. Fue en 1956 cuando recibió el encargo de idear una serie de aventuras que pudiera competir con los éxitos editoriales de la época.
Bajo el seudónimo de Víctor Alcázar, para evitar problemas con la censura y la empresa, dio vida al “Capitán Trueno”. Para poner rostro al héroe, contó con el trazo magistral de Miguel Ambrosio Zaragoza, conocido artísticamente como Ambrós. La combinación entre el guion épico de Mora y el dibujo dinámico de Ambrós resultó ser una fórmula mágica que revolucionó el mercado. El éxito fue inmediato y masivo, logrando que el primer cuaderno de la serie se convirtiera en un hito histórico. La oficina de Bruguera en Barcelona se convirtió en el epicentro de un fenómeno que nadie pudo prever.
El “Capitán Trueno” no era un caballero medieval convencional, sino un héroe con un código moral universal que luchaba contra todo tipo de tiranía. Acompañado por sus inseparables amigos, el gigante Goliath y el joven Crispín, recorría el mundo liberando a los pueblos oprimidos por déspotas locales. Mora utilizó sus guiones para introducir astutamente valores de solidaridad y democracia en un contexto nacional marcado por la estricta censura franquista. Las historias del capitán vendían semanalmente la asombrosa cifra de 350.000 ejemplares, un récord absoluto que reflejaba la sed de aventuras del público. Los censores, a menudo incapaces de ver más allá de la superficie, permitieron que Trueno burlara barreras ideológicas significativas.
Uno de los aspectos más revolucionarios de la obra de Mora fue el tratamiento de los personajes secundarios y la figura femenina. La reina Sigrid de Thule era una mujer fuerte, independiente y compañera de armas. Su relación con el Capitán Trueno rompía los moldes de la época, aunque la censura impedía que se mostraran afectos físicos explícitos. Sigrid gobernaba su propio reino con sabiduría y empuñaba la espada cuando era necesario, siendo un referente de empoderamiento femenino precoz. Por otro lado, la amistad entre Trueno, Goliath y Crispín mostraba un vínculo de lealtad inquebrantable que cautivó a los lectores. Goliath, con su parche en el ojo y su gran corazón, aportaba la fuerza bruta, mientras que Crispín representaba la juventud.
Militancia política
La vida de Víctor Mora estuvo intrínsecamente ligada a su militancia política en el Partit Socialista Unificat de Catalunya, el PSUC. En 1957, mientras el “Capitán Trueno” triunfaba en los quioscos, su creador fue encarcelado en la prisión Modelo por sus ideales libertarios. Fue detenido por la Brigada Político-Social junto a su inseparable esposa, la también escritora y guionista Armonía Rodríguez. Tras ser liberado, el acoso policial lo empujó a un segundo exilio en Francia, donde residió entre los años 1963 y 1968. Desde París, continuó enviando guiones a Bruguera y comenzó a colaborar con las publicaciones más prestigiosas del cómic franco-belga. Trabajó para revistas icónicas como Pilote, donde fue acogido por René Goscinny, el célebre creador de Astérix el Galo.
Tras décadas de éxito y numerosos reconocimientos internacionales, como la Creu de Sant Jordi o la Orden de las Artes de Francia, Mora falleció en 2016. El creador del “Jabato” y el “Corsario de Hierro” dejó un vacío inmenso en el mundo de las letras, pero su obra permanece viva. La futura inauguración de la plaza en Vallcarca servirá para recordar a las nuevas generaciones que el cómic puede ser una forma de arte elevada. Tributo final a un barcelonés que, desde su estudio, imaginó un mundo mejor para todos sus lectores.
