Manuel Negrete no podía dormir. A las 2 de la mañana del 22 de junio de 1986 hacía fresco, ese que dejan las lloviznas de verano en la Ciudad de México. Para combatir el insomnio, subió a su auto y manejó sin destino fijo. Enfiló hacia la glorieta del Ángel de la Independencia para dar vueltas obsesivas alrededor de esa rotonda vacía; luego tomó rumbo al Zócalo y de regreso. La calma de la noche profunda acentuaba aún más la melancolía del paseo por unas calles que, si la suerte hubiera sido otra, quizás a esa misma hora estarían todavía rebosantes y vivas como en un carnaval.
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