▲ Ilustración elaborada con IA/ Gemini de Google
Ap y Reuters
Periódico La Jornada
Miércoles 24 de junio de 2026, p. 7
El estruendoso grito de gol resuena sobre una multitud reunida frente a un televisor apoyado en mesas de plástico y más allá de un laberinto de vendedores que rodean el barrio de Tepito. Se escucha también entre aficionados de toda la nación que rugen mientras ven al Tricolor ganar otro partido del Mundial, con la mirada fija en pantallas instaladas en plazas bajo pasos a desnivel de autopistas y escondidas en taquerías.
Al quedar fuera por el precio de las entradas a los estadios del torneo, muchos mexicanos recuperaron el evento al montar sus propias celebraciones en las calles. “Estoy muy a gusto aquí. Sinceramente, no hay como ir al estadio, pero te puedo asegurar que aquí se vive la pasión a cien por ciento”, afirmó Esmeralda Serrato, quien vio un televisor en la calle junto con decenas de vecinos.
La Copa en el país ha generado un entusiasmo incalculable. Cientos de miles de personas se reúnen en celebraciones masivas en las tres urbes sedes: Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey, por las dos victorias consecutivas del Tri.
Pero las fiestas callejeras han tomado calor tras meses de críticas de todas partes del mundo dirigidas a la FIFA por el alza de los precios de los boletos del Mundial. En México, donde el trabajador promedio gana aproximadamente 7 mil 600 pesos al mes y el futbol se considera un deporte que une a las personas sin importar la clase social, se siente con fuerza la brecha entre quienes pueden y los que no consiguen entrar a los partidos. Eso ha alimentado tensiones sociales y ha dejado a muchos mexicanos con la sensación de ser “una fiesta a la que no nos invitaron”, manifestó Diego Merla, coordinador de justicia fiscal de Oxfam México.
A principios de este año, los boletos salieron a la venta con precios que iban de 2 mil 500 a 152 mil 800 pesos, pero desde entonces se han disparado, y algunas entradas para la final del Mundial cuestan alrededor de 580 mil pesos.
Para aficionados como Guillermo Ramírez, la solución fue tomar las cosas en sus propias manos. El señor, de 49 años, es originario de Tepito, el barrio que alberga extensos mercados callejeros repletos de camisetas piratas del Mundial.
Aquí, el futbol es un símbolo de resistencia e identidad en una zona de la ciudad asociada con mayor frecuencia al crimen.
Enclavada en el corazón de los densos mercados hay una cancha de futbol que lleva el nombre de Bernardo Manolete Hernández, un reconocido futbolista mexicano nacido en el denominado Barrio Bravo.
A pesar de los altos costos y de las restricciones de viaje impuestas por el gobierno de Donald Trump, la asistencia a los partidos va camino de batir récords. Los expertos afirman que esto no refleja tanto la afición de Estados Unidos por el futbol como su pasión por el espectáculo.
Tras 44 enfrentamientos, la asistencia total superó 2.85 millones de espectadores, con un promedio de ocupación de los estadios de casi 99.6 por ciento, de acuerdo a un análisis de Reuters.
