La noche anterior al Argentina-Inglaterra de 1986 caía una lluvia de esas que parecen no terminar nunca. Jorge Valdano observaba con preocupación el cielo de la Ciudad de México. Temía que un campo mojado favoreciera a los ingleses. Mientras el diluvio golpeaba los cristales, compartió su inquietud con Carlos Bilardo. El entrenador trató de tranquilizarlo: no creía que la lluvia decidiera el partido.
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