▲ La banda italiana Capycua dedicó a las mujeres una pieza que compuso durante una residencia en la Ciudad de México.Foto Germán Canseco
Ángel Vargas
Periódico La Jornada
Lunes 16 de marzo de 2026, p. 8
Una festiva marejada humana se volcó al Centro Nacional de las Artes (Cenart) la tarde-noche del sábado para disfrutar de la penúltima jornada del Festival Eurojazz 2026, que recibió a poco más de 24 mil personas entre los dos conciertos efectuados ese día, según cifras de la institución.
Las áreas verdes del recinto, donde se ubica el escenario al aire libre, parecían una playa justo en el ocaso del día. Ese momento astronómico siempre mágico en el que el sol desaparece por el horizonte, marcando el final de la tarde y el comienzo de la noche con su luminosidad indescriptible.
Sentados o recostados sobre colchonetas, cobijas, sillas plegables o a ras del césped y varios estoicamente de pie, los espectadores se entregaron a una propuesta sonora etérea e inasible.
La música de la banda italiana Capycua, basada en la improvisación, no termina por determinarse. Es un hechizo que se agolpa en la epidermis para llegar a las fibras emocionales más profundas.
Sobre el escenario, cinco músicos entablaron un diálogo hipnótico que borró tiempos y geografías: por México, Miguel Cruz en percusiones y Gustavo Nandayapa en batería, mientras por Italia Matteo Bortone en contrabajo, Giovanni Cigui en saxofón y Francesco Diodati en guitarra y composición.
El nombre del ensamble deriva de la expresión de origen catalán capicúa (“cabeza y cola”), que alude a la circularidad donde el inicio y el final se confunden. Liderados por Diodati y Bortone –quienes fueron seleccionados por el Instituto Italiano de Cultura para realizar residencias artísticas en Ciudad de México entre 2024 y 2025–, el proyecto integra ahora a esos otros tres músicos vinculados con la escena mexicana contemporánea, explorando el encuentro entre ambas culturas mediante la improvisación jazzística.
Puro virtuosismo en un jazz que, por momentos, evoca sonidos arcaicos, abstractos y también de orígenes latinos. El saxofón de Cigui sonó nostálgico y erótico, mientras las cuerdas del contrabajo fueron pulsadas con precisión escultórica. De repente, las guturaciones de Diodati en una aparente lengua africana tornaron el momento en un ritual festivo que hizo ebullir la sangre.
Hace miles de años
La conexión fue inmediata; la audiencia siguió esos ritmos contagiosos con palmoteos y movimientos rítmicos de cabeza. En algún momento, Diodati tomó el micrófono para, con su español entrecortado, dedicar la siguiente pieza a las mujeres.
Su título es Hace miles de años y la compuso durante su residencia en la capital mexicana. “Tiene ese nombre porque hace miles de años que ustedes sostienen una lucha contra el patriarcado, la violencia y la opresión”, dijo ante los aplausos de la concurrencia.
“El 8 de marzo estaba en esta ciudad y fui muy feliz de ver un día libre y me sentí emocionado de participar en la manifestación. Sentí mucho a las mujeres de México y de todo el mundo”, agregó. La pieza, etérea y poderosa, se elevó como un homenaje sonoro suspendido en el fresco aire nocturno.
Tras casi 80 minutos, el clímax de la velada llegó con el cierre: los inconfundibles acordes de Quizás, quizás, quizás, del cubano Osvaldo Farrés, irrumpieron en una versión sensual y guapachosa. Transformada por el crisol sonoro de CapYcua, el jazz se encontró con el bolero en un abrazo entrañable.
Al concluir, la exigencia fue unánime: el público quería una pieza más. Petición que quedó en el aire, con lo que concluyó el segundo y último concierto del día, la víspera de que el Festival Eurojazz cerrara ayer sus actividades de este año.
