Como sucedió en 1973, el régimen genocida de Israel, junto con su cómplice y guardaespaldas (la Casa Blanca), han desatado una crisis petrolera que amenaza –recesión internacional, una vez más– la de por sí frágil estabilidad económica global. Desde su agresión a Irán, más allá del ámbito militar y humanitario, ese par ha hecho un coctel explosivo: los precios internacionales del crudo han llegado hasta 120 dólares, a lo que se suma el cierre parcial del estrecho de Ormuz (a través del cual se transporta, ya comercializado, alrededor de 20 por ciento del oro negro), el bombardeo de instalaciones y, por ende, la baja de la producción en la zona del conflicto.
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