En las plazas, la ciudad suspende el régimen de la propiedad y se reconoce, por un instante, como suelo compartido y tiempo común. Durante décadas, las hemos pensado como postales o explanadas duras, pero la crisis climática y social las vuelve a colocar en el centro como infraestructuras de salud urbana, de convivencia y de democracia cotidiana.
Después de años rellenando el mapa con rotondas y centros comerciales, descubrimos que la ciudad necesita otra cosa: plazas donde el cuerpo pueda pararse, sudar menos, jugar más y establecer escenarios amables para la comunicación interpersonal. Volver a mirarlas es preguntarse qué espacio público queremos.
