Decía Valère Novarina, el dramaturgo y escritor francosuizo que murió hace poco más de un mes en París, que al teatro uno va a ser testigo del desgaste del cuerpo. No acudimos a la escena por el relato, aseguraba, sino para presenciar el uso extremo, incluso el deterioro, del cuerpo en fricción. Siempre que hay desgaste hay roce, y el roce nos implica a todos los participantes, actores y espectadores, en esa comunión que es el teatro. Si el desgaste es también extenuación, ¿salimos todos fortalecidos del recinto?
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