En la Sierra de la Paramera, en la provincia de Ávila, se puede contemplar y disfrutar del imponente Castillo de Aunqueospese, situado concretamente en el pueblo de Mironcillo. Se trata de una joya de la arquitectura militar medieval de toda la región que, desde su posición a 1.300 metros de altura, domina todo el Valle Amblés. Esta fortaleza roquera se funde con el paisaje granítico abulense y atrae a numerosos viajeros que buscan historia y muy bellas vistas.
Aunque el castillo actual es del siglo XV, tiene raíces anteriores, como aseveran investigaciones que sugieren que se asienta sobre un fortín musulmán. Desde el siglo XI, este enclave sirvió como punto de defensa, fundamental para vigilar el paso por las tierras de Ávila. Su estructura primitiva formaba parte de las líneas de la Reconquista, funcionando como una atalaya comunicada visualmente con otros puntos. La construcción definitiva la inició Pedro Dávila en el año 1490 y su hijo Esteban terminó las obras en 1504 tras diversos pleitos.
El valor histórico de este recinto fue reconocido legalmente hace años al ser declarado Monumento Histórico Artístico en 1931, distinción que lo cataloga hoy como un Bien de Interés Cultural. La protección estatal se reforzó con decretos en 1949 y 1985. A pesar de su relevancia, hay muros dañados y su interior ha sufrido también debido a la erosión, aunque mantiene un porte imponente que maravilla a los visitantes. Arquitectónicamente, pertenece al tipo de castillo roquero o montaraz. Su planta irregular se adapta perfectamente a los riscos de granito, combinando el uso de sillar, sillarejo y mampostería en sus muros. El edificio cuenta con dos recintos defensivos que forman la fortaleza. Destacan elementos como la torre del homenaje y el patio de armas, troneras para artillería y matacanes avanzados para su época. Curiosamente también conserva letrinas en uno de sus cubos y estancias de carácter noble.
Su curioso nombre, Aunqueospese, proviene de una leyenda romántica, que narra el amor prohibido entre Alvar Dávila y la joven Doña Guiomar. El caballero regresaba de la batalla de las Navas de Tolosa triunfante y, al cruzar la ciudad, vio a la joven condesa en un balcón de su palacio. Surgió entre ellos un flechazo instantáneo que cambió sus destinos pero el padre de ella, Don Diego de Zúñiga, era un hombre muy severo y prohibió el matrimonio porque quería ofrecer su hija a Dios. Y ordenó al capitán que abandonase el palacio y no volviera a verla.
Alvar Dávila no se rindió y respondió con gran entereza al padre. Dijo que el corazón del enamorado es rebelde y terco en su sentir. Sentenció que seguirían amándose y viéndose “¡aunque os pese!” y, tras ello, el caballero mandó construir el castillo frente a Ávila. Desde las almenas, Alvar buscaba con la mirada el palacio de su amada y se cuenta que los dos enamorados se adivinaban en la lejanía serrana. La leyenda cuenta que Guiomar murió de pena convirtiéndose en paloma, que voló hasta el castillo y Alvar la acogió con ternura en sus manos. Poco después, el caballero murió peleando en una nueva guerra.
Hoy, propiedad privada
Más allá del relato, la fortaleza pasó a la casa de Medinaceli. En 1850 fue propiedad del Duque de Abrantes antes de ser vendida. Los vecinos de Mironcillo la adquirieron en bloque en el año 1956. Finalmente, el castillo fue vendido a su actual dueño particular en 1975. Hoy es una propiedad privada que no permite el acceso al público.
La excursión a este bello rincón en plena naturaleza y cargado de romanticismo es altamente recomendable. Aunque el último repecho es resbaladizo y requiere mucha precaución, las vistas del Valle Amblés y la Sierra de la Paramera desde la fortaleza son increíbles y permiten divisar desde allí las famosas murallas de la ciudad de Ávila. Se recomienda llevar agua y evitar las horas de sol más intensas y es bueno igualmente tener en cuenta el posible viento, bastante inclemente a esta altitud de 1.300 metros. Pese al esfuerzo de la subida, la magia del lugar cautiva al visitante, ya que se trata de un rincón donde la historia y la leyenda se abrazan sobre la roca en la que resiste el castillo.
