Lleva abrigo largo, gorro y bufanda. Anudado al cuello, un pañuelo violeta de la Comisión 8M en el que puede leerse el lema de hace unos años: ‘Hacia la huelga feminista’. La mujer es muy mayor y se mantiene en pie como puede, agarrada a un bastón y sujetada por el brazo de alguien que podría ser su hija. Con el otro brazo, con esfuerzo, sostiene en alto un cartel que dice ‘El feminismo es resistencia’. Observándola, ella encarna a la perfección esa palabra: resistencia. Justo al lado de la pancarta con la que la Comisión 8M abría en Madrid la manifestación de este año, la mujer se yergue con mucha dificultad pero también con mucha determinación. Resiste con convicción.
El 8M de 2026 tiene mucho de resistencia y de convicción: frente al autoritarismo que recorre el mundo, frente al fascismo global que teje alianzas, frente a las guerras, frente al negacionismo y los intentos de dar marcha atrás. Las calles recuperaban pulso, ganas, lemas y fuerza para demostrar que el feminismo vertebra esperanza y pelea. Lo hizo en Madrid, Barcelona, Zaragoza, Toledo, Valladolid, Pamplona, Logroño, Cáceres, Bilbao y otras tantas ciudades a lo largo del país.
Frente a quienes en los últimos días utilizaban a las mujeres iraníes para justificar la guerra y desacreditar al feminismo patrio, el 8M reivindicó un activismo internacional. El genocidio israelí de Gaza, al apartheid de género de Afganistán o la guerra iniciada por EEUU e Israel contra Irán estuvieron muy presentes. “Ni una menos, ni aquí, ni en Irán ni en Gaza”, se escuchaba en la marcha de Barcelona. En Bilbao, Irati Sierra, portavoz del colectivo Bilbo Feminista Saretzen, señalaba el pinkwashing de la derecha: “En algunos casos están utilizando el feminismo para legitimar sus guerras y sus genocidios”. “No olvidéis a las afganas”, se leía en una de las pancartas al inicio de una de las marchas de Madrid.
En Madrid, Marta, de 40 años, llevaba un pañuelo palestino y una pancarta feminista que decía ‘A tope con este -ismo’. Con su lema, Marta hacía referencia a Rosalía y sus recientes y polémicas declaraciones sobre el feminismo: “No me considero lo suficiente moralmente perfecta para considerarme dentro de un -ismo, pero sí me inspiran y me rodean ideas feministas”. Frente a la confusión de Rosalía, Marta lo tiene claro: “Hay que tomar postura seas quien seas. Jugar con la terminación -ismo como si estuviéramos a principios del siglo XX… Estamos hablando de posicionamientos políticos básicos”.
Hacer frente al miedo y al fascismo
“Mi feminismo será antirracista o no será. Mujeres trans existen. No a la guerra”, se leía en la pancarta que solo una hora antes había preparado en casa Mercy, una mujer trans, negra y migrante. Ella encarnaba otro de los lemas de este 8M, el de un feminismo que quiere ser antifascista, pero también antirracista. “Somos diversas y eso está bien. El machismo es un pulpo con muchos tentáculos y nos llega a todas, eso nos tiene que asustar, no nuestras diferencias”, subrayaba Mercy. Ella acude al 8M desde que llegó de Brasil hace cuatro años para intentar, explica, poner su granito de arena.
El 8M nos despertábamos con la noticia de la concejala de Collado Villalba que suspendía en directo un monólogo feminista por “faltas de respeto” y que, finalmente, dimitía. Pero también con que la Universidad Complutense denunciaba que un grupo de encapuchados habían irrumpido en una facultad para vandalizar material reivindicativo sobre el 8M. “Hay que pararle los pies al fascismo y a estos señores que se creen los dueños del mundo. Este 8M llega en un contexto belicista y de auge de la ultraderecha. Frente al fascismo, feminismo organizado”, decía en Madrid Daniela Lagos, portavoz de la Comisión 8M.
Dieciséis mujeres y dos menores asesinados por violencia machista en los dos meses y ocho días que llevamos de 2026. Si algo atraviesa la vida de las mujeres es el miedo y la violencia. Lo siente ya Claudia, que con 15 años ha pasado los últimos días preparando su pancarta. “Nos sembraron miedo y nos crecieron alas”, es la consigna que escogió para escribir en letras moradas… junto a unas alas. Sus amigas y ella tienen una preocupación clara: “Salir a la calle y que nos pase algo. Por eso he elegido venir así”. Un poco más adelante camina su madre, Cristina, de 46: “Es muy importante educar en igualdad, que sepa que existe este movimiento, que los derechos que tiene no existieron siempre. Además, ahora mismo las cosas están muy complicadas”.
A menos de un metro de la mujer con la que empezaba esta crónica, una niña de 9 o 10 años caminaba junto a su madre tras la pancarta. Porque, como ha sucedido en los últimos años, el 8M ha sido un espacio de encuentro entre generaciones. La resistencia de unas y la vitalidad de otras, todas llenando las calles, ofrece esperanza en un momento oscuro.
En las marchas había rabia e indignación, pero también baile y abrazos. Nadie dijo que protestar y reivindicar estuviera reñido con la batucada o la purpurina. Quizá porque el 8M quiere ser el recuerdo de la violencia y la falta de derechos, pero también de que merecemos vidas llenas de alegría.
