Donald Trump puede ser acusado de muchas cosas, y muy graves. Pero no de dinamitar un derecho internacional que, históricamente, las grandes potencias han ignorado siempre que les ha convenido. De hecho, lo que llamamos derecho internacional nunca ha sido más que una concesión de los más fuertes y, secundariamente, un recurso optativo al que los más fuertes han recurrido cuando les ha resultado fácil y conveniente.
Estados Unidos contó con el aval de la ONU para invadir Kuwait en 1991. En 2003 no lo obtuvo para invadir Irak, y la guerra (acompañada por la gran patraña de las armas de destrucción masiva, en la que cooperaron Tony Blair y José María Aznar) ocurrió de todas formas. La Unión Soviética apeló al Pacto de Varsovia para justificar la invasión de varios países europeos de su órbita (Hungría en 1956, Checoslovaquia en 1968), pero en 1979 invadió Afganistán simplemente porque lo creyó apropiado.
