Si hay un lugar en España donde el mudéjar alcanza una personalidad propia y especialmente reconocible, ese es Aragón. No hablamos de un par de edificios aislados, sino de más de un centenar de ejemplos repartidos sobre todo por los valles del Ebro, el Jalón y el Jiloca. Iglesias, torres, palacios y antiguos monasterios que forman parte del paisaje urbano tanto en ciudades como Zaragoza o Teruel como en pequeñas localidades donde el ladrillo, el yeso, la cerámica y la madera marcan el perfil de cada casco histórico.
La palabra ‘mudéjar’ se utilizaba para referirse a los musulmanes que permanecieron en territorio cristiano tras la Reconquista, y su arquitectura es fruto directo de esa convivencia, con técnicas y formas de tradición islámica aplicadas a edificios promovidos por la sociedad cristiana. La importancia y la coherencia de este conjunto llevaron a la UNESCO a declarar en 1986 el mudéjar de Teruel como Patrimonio de la Humanidad, una protección que en 2001 se amplió a otros monumentos destacados de la comunidad.
