En el Valle de Arán, justo donde el río Garona marca el pulso de la vida montañesa, se encuentra la localidad de Les. Este pequeño municipio, famoso por poseer el nombre más corto de toda la provincia de Lleida, custodia bajo sus calles un secreto milenario de valor terapéutico. Se trata de sus fuentes de aguas termales, unos manantiales naturales que brotan desde las profundidades de la tierra con propiedades minerales excepcionales. Ya desde la antigüedad clásica, este enclave pirenaico fue reconocido por las civilizaciones que lo habitaron como un auténtico oasis de salud. La combinación de un entorno natural salvaje y la presencia constante de este recurso hídrico convirtió a Les en un punto estratégico de descanso.
Su historia no puede entenderse sin la influencia de los romanos, quienes fueron los primeros en explotar estas fuentes termales con fines medicinales. El legado de aquel entonces sigue fluyendo hoy a través de los siglos, manteniendo viva una tradición de bienestar que ha definido la identidad local. Es un lugar donde el tiempo parece detenerse mientras el agua caliente emerge incansable de las entrañas graníticas del Pirineo. De hecho, uno de los episodios más fascinantes de esta cronología es la visita documentada del general romano Pompeyo a estas tierras leridanas. Durante sus campañas en los Pirineos, el ilustre militar decidió comprobar en primera persona las virtudes de los manantiales de Les. La llegada de una figura de tal relevancia histórica subraya la importancia que ya entonces tenían estas termas en el mundo romano.
Para un hombre acostumbrado a las fatigas de la guerra y a los rigores del clima montañés, el agua caliente natural supuso un respiro vital. Los cronistas y los hallazgos arqueológicos confirman que Pompeyo no fue un mero transeúnte, sino un usuario activo de los baños. Su estancia en la zona permitió que el conocimiento sobre las propiedades curativas del agua se extendiera por todo el imperio. Aquel general, buscando alivio para sus legiones y para sí mismo, encontró en este rincón del valle un refugio sin parangón. Su paso por Les marcó el inicio de una era de esplendor para los baños, estableciendo una conexión eterna entre Roma y el Valle de Arán. La huella de Pompeyo permanece como testimonio del poder rejuvenecedor que estas aguas han ofrecido a los viajeros por milenios en esta zona de Catalunya.
La experiencia sensorial que vivió Pompeyo al sumergirse en estas aguas fue similar a la que disfrutan los visitantes actuales en el municipio. Se trata de aguas sulfuroso-sódicas que emergen a la superficie a una temperatura constante de más de 30 grados centígrados. Este calor natural, que brota desde más de trescientos metros de profundidad, proporciona una sensación de relajación muscular inmediata y profunda. El agua posee un olor peculiar debido a la presencia de gas sulfhídrico en disolución, una característica que delata su pureza mineral. Al contacto con la piel, la composición química del líquido elemento comienza a actuar, ofreciendo un alivio térmico difícil de igualar.
Las fuentes de Les no son simples pozas de agua caliente, sino manantiales cargados de historia y de componentes orgánicos beneficiosos. En aquel tiempo, Pompeyo pudo sentir cómo el vapor natural abría sus poros y purificaba su organismo tras las largas marchas. El entorno de montañas y el murmullo cercano del Garona completaban una atmósfera de calma absoluta que invitaba a la meditación. Esta inmersión en la naturaleza representaba el mayor lujo posible para un ciudadano de la Antigua Roma en plena campaña.
La veracidad de este vínculo histórico no reside solo en leyendas, sino en pruebas materiales encontradas en los alrededores de los baños. Se han descubierto diversas inscripciones romanas que son auténticos monumentos de gratitud hacia las fuerzas que custodiaban el agua. En estas piedras talladas, los usuarios de la época daban las gracias explícitamente a las ninfas y a la diosa Lex por la curación obtenida. El hecho de que se mencione a la diosa Lex sugiere un culto local específico relacionado con la deidad protectora de estos manantiales. Estos hallazgos arqueológicos confirman que las termas eran consideradas lugares sagrados donde la medicina y la religión se daban la mano.
Varios beneficios
Pompeyo y su séquito habrían participado de estos rituales, reconociendo el carácter divino de los beneficios recibidos en su salud. La presencia de objetos de la época romana atestigua que el uso de estas instalaciones fue continuado y de gran prestigio social. Cada inscripción encontrada recuerda que, antes de los modernos balnearios, existía una infraestructura dedicada al cuerpo. Estas reliquias del pasado son las que permiten hoy reconstruir la historia de un pueblo que vive de cara a su tesoro líquido.
Los efectos terapéuticos que Pompeyo comprobó en su propia piel son hoy explicados por la ciencia gracias a la riqueza mineral del agua. Estas aguas mineromedicinales son especialmente eficaces para combatir afecciones como el reumatismo, la artritis y la artrosis. Además, su alto contenido en sílice y otros minerales favorece la regeneración de la piel y ayuda a resolver problemas dermatológicos. El general romano habría notado una mejora significativa en su circulación sanguínea y una reducción de las tensiones musculares acumuladas. La combinación de calor y minerales actúa como un analgésico natural que calma los dolores articulares de manera eficiente. Incluso los problemas respiratorios encuentran alivio en los vapores que emanan directamente de las fuentes sulfurosas de la localidad.
A lo largo de los siglos, el uso de estos manantiales ha evolucionado desde las sencillas termas romanas hasta el actual centro de bienestar. Durante la Edad Media, el pueblo continuó siendo un referente, recibiendo incluso la visita del rey Jaime I de Aragón en 1265. Sin embargo, fue en el siglo XIX cuando el concepto de balneario moderno empezó a tomar forma para el gran público. Tras un periodo de cierre a mediados del siglo XX, las instalaciones renacieron bajo el nombre de Termas Baronía de Les. Este nuevo espacio ha sabido conjugar la tradición milenaria con las comodidades y tecnologías más avanzadas del presente siglo. Las aguas que hoy disfrutan los turistas son las mismas que utilizaron Pompeyo y sus legiones, extraídas con el mismo respeto. La ubicación ha cambiado ligeramente para optimizar el servicio, pero la esencia del recurso natural permanece inalterable y pura. El balneario actual se erige como un guardián del legado romano, ofreciendo circuitos que imitan la antigua sabiduría de los baños.
