Durante décadas, pedir una caña fue uno de los gestos más automáticos de la vida social española. Tanto que “salir de cañas” acabó por convertirse en una actividad que no tenía por qué estar sujeta, necesariamente, a la cerveza. Bastaba con pronunciar la palabra y el camarero entendía la medida exacta. Un vaso pequeño, frío, con la espuma justa, pensado para beber antes de que la cerveza perdiera su punto. Ahora, ese estándar empieza a resquebrajarse.
En cada vez más bares, sobre todo en terrazas y zonas céntricas, la caña ya no es el formato estándar. En su lugar se ofrecen dobles, copas o tercios. En algunos casos, directamente, el vaso de caña ha desaparecido del inventario. No se trata de una caída del consumo de cerveza. España sigue siendo un país de barra. Lo que está cambiando es la medida.
