Hoy tener trabajo sigue siendo una prioridad, pero ya no basta con eso. Durante mucho tiempo, el objetivo era simplemente “tener algo”, una cierta estabilidad que permitiera salir adelante, pero ahora la pregunta es otra: ¿ese trabajo permite vivir con un mínimo de tranquilidad?.
Porque cada vez es más frecuente ver a personas con empleo que, aun así, viven con la sensación constante de no llegar, de ir siempre un paso por detrás. El trabajo sigue siendo un eje central, organiza la vida, da estructura, aporta identidad, pero empieza a quedarse corto cuando no garantiza unas condiciones básicas de dignidad.
En paralelo, hay una realidad que rara vez ocupa titulares, la de los pequeños empresarios y autónomos. Son ese colectivo quienes sostienen gran parte del empleo que vemos a pie de calle, quienes abren cada mañana con más incertidumbres que certezas y quienes, en muchos casos, asumen riesgos personales importantes para mantener sus negocios en marcha. Sin embargo, su día a día está cada vez más condicionado por una suma de factores que no siempre se entienden desde fuera como la disparada y disparatada presión fiscal, cambios normativos constantes, burocracia compleja, provocando una sensación continua de tener que dedicar más energía a sobrevivir que a crecer.
A esto se añade un punto especialmente delicado, pues subir salarios es necesario, y difícilmente cuestionable si hablamos de dignidad laboral. El problema aparece cuando esas subidas coinciden con un aumento generalizado de costes en forma de suministros, alquileres, cotizaciones, materias primas. Para muchas pequeñas estructuras, ese equilibrio simplemente no da más y no porque no quieran mejorar las condiciones de sus trabajadores, sino porque no pueden absorberlo sin poner en riesgo la viabilidad del negocio. Y ahí es donde empieza una dinámica peligrosa en forma de más esfuerzo, menos margen y, en muchos casos, una pérdida progresiva de rentabilidad que acaba pasando factura.
Consecuencias para todos
Las consecuencias no se quedan solo en quien emprende, pues cuando mantener un negocio se convierte en una carrera de obstáculos, contratar deja de ser una oportunidad y pasa a ser una decisión que se mide con lupa. Eso termina afectando al conjunto del mercado laboral en el que entramos en una dinámica de menos movimiento, más incertidumbre y mayores dificultades para generar empleo estable. Mientras tanto, las empresas con mayor tamaño suelen tener más margen de maniobra para adaptarse, lo que introduce un desequilibrio que convendría mirar con más detenimiento.
El debate, en cualquier caso, no debería plantearse en términos de bandos. No se trata de elegir entre trabajadores o empresarios, sino de entender que ambos forman parte del mismo engranaje. Sin condiciones dignas no hay empleo de calidad, pero sin empresas viables tampoco hay empleo posible. Encontrar ese punto de equilibrio, más allá de discursos simplistas y populistas, es probablemente uno de los grandes retos actuales.
Al final, hablar de trabajo hoy es hablar de algo más que economía, es hablar de estabilidad, de proyecto de vida, de bienestar, de poder construir sin estar constantemente al límite, reconociendo que detrás de muchos negocios pequeños no hay estructuras impersonales, sino personas y familias que dependen directamente de que todo funcione. Quizá por ahí debería empezar cualquier reflexión seria, por entender que el empleo no es solo una cifra, sino una realidad profundamente humana.
A todo esto se añade una sensación difícil de ignorar, cuando los avances se financian siempre con el esfuerzo de los mismos, mientras otros capitalizan el relato sin haber asumido nunca la responsabilidad de crear empleo ni de sostener una estructura real, el sistema empieza a descompensarse. Se aplauden medidas que, en el plano teórico, suenan bien, pero cuyo coste recae de forma desproporcionada en quienes ya están al límite. Y así se instala una dinámica incómoda, unos ganan visibilidad y reconocimiento, mientras otros cargan con la preocupación diaria de cuadrar números, de sostener equipos y de preguntarse, una vez más, cómo se va a pagar la fiesta.
Ismael Dorado. Psicólogo y Criminólogo. Profesor de la Universidad UNIE, Universidad San Pablo CEU y de la Universidad Internacional de la Rioja (UNIR). Director del Centro de Psicología Sanitaria, Clínica y Forense.
