El momento en el que un niño o niña comienza a ir al colegio con cierta independencia puede suponer uno de los hitos más significativos en el desarrollo de su autonomía. No se trata solo de una cuestión de edad, sino de madurez, seguridad y, sobre todo, de un entrenamiento previo que no debe dejarse de lado antes de llevar a cabo un cambio de hábitos de este tipo.
“Desde el punto de vista evolutivo, como padres y madres, antes de dar el paso de permitir a nuestros hijos ir solos al colegio o al instituto, deberíamos tener claro si tienen adquiridas las capacidades o si tienen la autonomía necesaria para poder hacerlo”, establece Abel Domínguez, psicólogo infantojuvenil y director de Domínguez Psicólogos.
En este sentido, el psicólogo destaca que el factor más determinante es la madurez individual, sumada a la adquisición previa de ciertas competencias básicas: “No podemos esperar que un niño que nunca ha tomado una decisión por sí mismo sepa manejarse de repente en la calle”.
El entrenamiento para crear su autonomía
Esta autonomía no surge sin trabajo, se construye día a día en pequeñas tareas domésticas o escolares antes de dar el salto al asfalto. “Es importante que conozcan bien el camino, que lo hayan hecho previamente acompañados de sus padres o de sus cuidadores y que sepan coger el transporte público si es necesario, que sepan usar el teléfono móvil o el smartwatch si tenemos pensado que lo usen…”, enumera Domínguez, que se muestra a favor de que tengan la posibilidad de comunicarse con sus padres en un contexto de este tipo.
En ese “entrenamiento progresivo para adquirir autonomía”, el experto sugiere que el niño haya realizado pequeños encargos con éxito, antes de enfrentarse a un trayecto escolar, quizás más largo. “Que baje solo a por el pan, por ejemplo, que vaya a la tienda a comprar leche y huevos o que vaya a buscar a un amiguito que vive cerca”, ejemplifica. Se trata de que la autonomía se introduzca paulatinamente y no sea una decisión repentina derivada de necesidades familiares.
En España no hay una edad mínima para que un menor camine solo por la calle, lo que traslada la decisión final al ámbito y responsabilidad familiar, donde sí prevalece el deber de cuidado. Esto implica que las familias deben evaluar la madurez del menor para evitar situaciones que puedan ser consideradas negligentes en caso de incidente.
Otras tareas que revelan si los niños están listos
Para el experto, abrir esta etapa supone un compromiso consciente por parte de los padres: “En el momento que permito a mis hijos hacer desplazamientos solos, obviamente estoy asumiendo la responsabilidad de que les pueda pasar algo, igual que asumo la responsabilidad de que puedan hacerlo bien y sean capaces de llegar sin que pase nada, que es lo más probable cuando les permitimos hacer este tipo de desplazamientos”.
Sin una preparación previa, el psicólogo señala que la experiencia podría resultar abrumadora o “hacerse bastante cuesta arriba”. Además del conocimiento técnico del entorno y la resolución de problemas prácticos, como saber qué hacer si no les funciona el abono de transportes o cómo reaccionar ante desconocidos con actitudes sospechosas, Domínguez incide también en la preparación a nivel psicológico. Para él, esto implica “que los chavales sepan pedir ayuda, tanto a sus padres como a alguien del entorno; que sepan de alguna manera juzgar quién puede ayudarles o quién no; y que conozcan los peligros que puede haber a lo largo del recorrido”.
En cuanto a los beneficios de este proceso de conquista de la autonomía en la calle, el psicólogo señala que refuerza la percepción que el menor tiene de sus propias capacidades. “La autonomía realmente a ellos les viene fenomenal porque al final una parte importante de la autoestima, tanto infantil como en los adultos, es la autoeficacia percibida. Es decir, cómo de eficaces nos percibimos a la hora de planificar metas y conseguirlas”, concluye Domínguez.
