▲ Esta vez La Máquina dejó atrás el sufrimiento y avanzó a la siguiente ronda sin sobresaltos.Foto Víctor Camacho
Alberto Aceves
Periódico La Jornada
Domingo 10 de mayo de 2026, p. 9
Cruz Azul celebró el pase a semifinales de la Liga Mx con un estadio a pleno, entregado a los colores de su camiseta. La victoria ante el Atlas (1-0, 4-2 global), en la vuelta de los cuartos de final en el Azteca, reunió a más de 62 mil 660 personas en un templo que sabe de hazañas y glorias deportivas. Se encendieron luces, fuegos artificiales, resonó una vieja y conocida canción que pide a los jugadores de La Máquina ganar el campeonato. Porque al fin y al cabo de eso se trata del futbol: de fracasos y nuevos intentos para llegar al objetivo.
Desde horas antes del partido, los aficionados de La Máquina hicieron circular imágenes de la Copa Libertadores 2001, aquella edición en la que el Azteca registró una asistencia récord de 114 mil 500 personas durante los cuartos de final contra el argentino River Plate. La memoria, siempre selectiva, olvidó la complejidad del torneo para aferrarse una multitud de camisetas celestes sobre las gradas. “Todos de azul”, convocaron usuarios en redes sociales y el club, con la frialdad de quien administra la fe, lanzó una oferta de mercado: 50 por ciento de descuento en prendas celestes, siempre que el color fuera absoluto. “No aplica en productos que tengan otros tonos predominantes, aunque incluyan detalles en azul”, refirió la publicación.
Para el mediodía, ya no quedaba una sola entrada que permitiera el ingreso en la plataforma Fanki. “Boletos agotados”, confirmó el cartel. La lluvia y el despliegue de elementos policiales alrededor del estadio retrasaron el ingreso por las puertas principales: filtros de seguridad, requisas, 20 o 30 minutos entre las vallas. Pero el futbol tiene esa capacidad de recompensa inmediata: cuando el sonido local anunció el 11 titular, la impaciencia por la espera se disolvió en un grito. En las zonas 300 y 500, el grupo de animación La Sangre Azul colocó papeles rojos, blancos y azules sobre las butacas para que, al levantarlos, el escudo del equipo latiera dentro de un cuadrado gigante.
“Vamos Cruz Azuuul, queremos la Cooopa”, cantaron y el estadio, convertido una catedral de ecos y camisetas azules, se contagió de un aire que no era sólo de liguilla, sino de algo más antiguo y pesado: la nostalgia de aquella Copa Libertadores. Sobre el césped, la lógica fue otra. Cruz Azul se adueñó de la pelota con la velocidad del que se sabe apoyado, mientras el Atlas de Diego Cocca jugó con un freno de mano invisible. Obligados a marcar dos goles, los visitantes prefirieron el orden a la aventura, como si el temor a la rebeldía fuera mayor que el deseo de la victoria.
Aldo Rocha corría y Eduardo Aguirre pensaba, pero el cuadro rojinegro pareció esperar que el tiempo simplemente apagara el fuego ajeno. No ocurrió. El argentino José Paradela marcó el 1-0 con una jugada en la que, después de recuperar la pelota, la mandó guardar al fondo de la portería de Camilo Vargas (32). Si la misión del Atlas ya parecía difícil, con la genialidad del dorsal 20 de La Máquina se volvió imposible.
Afuera, la ciudad intentó adaptarse al caos. Como otro ensayo general para la Copa del Mundo, las autoridades desplegaron un dispositivo preventivo. El protocolo Última milla impuso la caminata obligatoria. El futbol, pa-ra los que llegaron tarde, fue una travesía peatonal por Viaducto Tlalpan y Acoxpa. Pero cuando el árbitro pitó el final y el pase a las semifinales resultó una certeza, la incomodidad se volvió anécdota.
