▲ El público que le da valor al torneo, es el que está siendo expulsado, advierten académicos.Foto Cuartoscuro
The Independent
Periódico La Jornada
Martes 12 de mayo de 2026, p. a11
A un mes del inicio de la Copa del Mundo, existen versiones de que altos cargos de la FIFA, bajo el mando de Gianni Infantino, están “muy nerviosos” por una cifra en particular: la venta de boletos. Las entradas están muy lejos de alcanzar las expectativas, a pesar de las rimbombantes declaraciones del organismo sobre los 500 millones de solicitudes.
Hay una razón obvia que cualquiera podría haberle dicho a la FIFA. Si ellos están nerviosos, los aficionados leales enfrentan una angustia mucho mayor, pues el costo de seguir a su selección puede cambiarles la vida financieramente. Organismos como la Football Supporters Association (FSA) y ejecutivos con sede en Estados Unidos, como el ex director ejecutivo del Liverpool, Peter Moore, estiman que costará entre 10 mil y 35 mil dólares seguir a tu equipo hasta el final.
Incluso los aficionados locales –entre ellos el presidente Donald Trump– consideran que es demasiado costoso, como lo indican las bajas ventas reportadas por The Athletic para el partido inaugural de Estados Unidos en Los Ángeles.
“Yo tampoco lo pagaría”, declaró Trump el jueves, al tiempo que agregó que se sentiría “decepcionado” si sus votantes no pudieran asistir. Eso debió ser especialmente vergonzoso para Infantino, quien es cercano al mandatario, al grado de otorgarle un polémico Premio de la Paz.
Todo esto desmonta la supuesta idea de que en Estados Unidos existe una cultura dispuesta a pagar cualquier precio por grandes espectáculos deportivos. Pero detrás del problema económico hay una fractura más profunda: una tensión filosófica que puede definir el futuro del futbol.
Por un lado está la visión del futbol como un bien cultural –más visible en el modelo deportivo europeo y en iniciativas regulatorias británicas– y por el otro, la visión estadunidense, donde el deporte es tratado como un producto más del mercado.
FIFA, registrada como una organización sin fines de lucro para proteger el futbol, parece haberse inclinado hacia una de esas posturas. Los precios de los boletos –con algunas entradas para la final revendidas en la plataforma oficial de FIFA por más de un millón de dólares– resultan todavía más escandalosos cuando se considera que los demás gastos también serán desorbitados.
Una frase de una fuente del organismo resume el sentimiento general: “es una lección sobre cómo quitarle toda la alegría a la experiencia”.
Para quienes sigan a sus selecciones hasta la final, muchos aficionados deberán desembolsar al menos 7 mil dólares sólo en boletos. La polémica inicial llevó a la FIFA a introducir una cantidad simbólica de entradas de 60 dólares en categoría 4, aunque ahora eso puede generar escenas absurdas: familiares sentados juntos, pero pagando miles de dólares de diferencia simplemente por haber conseguido una de esas localidades.
El mercado secundario representa otro foco de controversia. En Estados Unidos, la reventa de boletos es legal, pero las decisiones de la FIFA generan desconcierto. Además de beneficiarse del incremento en precios, el organismo cobra 15 por ciento por “facilitar la reventa”, además de otro 15 por ciento al vendedor.
La postura oficial del organismo es que esos ingresos regresan al futbol a través del programa FIFA Forward. Sin embargo, muchos cuestionan la falta de transparencia. “Entonces que nos enseñen exactamente a dónde va el dinero”, respondió una fuente a The Independent.
La molestia crece todavía más al saber que la FIFA puede tener reservas superiores a 2 mil 500 millones de dólares y que, aun con precios menores, el organismo iba a generar ingresos históricos. De hecho, se calcula que el Mundial producirá cerca de 11 mil millones de dólares, 4 mil millones más que en Qatar 2022.
Las críticas también apuntan a cómo se toman hoy las decisiones dentro del organismo, ya que fuentes cercanas aseguran que muchas de las figuras más importantes de la FIFA ni siquiera participaron en la definición de precios y sólo recibieron planes de la oficina de Infantino.
Infantino, dicen, está rodeado principalmente por asesores estadunidenses enfocados en “maximizar ingresos usando todas las herramientas posibles”. Eso marca una ruptura histórica, pues antes del Mundial de 1994 en este país, el arquitecto del torneo, Alan Rothenberg, propuso boletos de mil dólares para la final y la respuesta de la FIFA en aquel entonces fue negativa por la preocupación por la reacción de los aficionados promedio.
La diferencia con respecto a la actualidad es irritante. Y en ese entonces era la FIFA de Joao Havelange, famosa por crear un modelo de corrupción que el organismo ahora se jacta de haber dejado atrás.
El problema no termina sólo en adquirir las entradas, pues moverse dentro de Estados Unidos para seguir el torneo también representa una carga monumental.
La FIFA se queda con prácticamente todos los ingresos generados por el evento, mientras que las ciudades anfitrionas absorben buena parte de los costos de seguridad e infraestructura. El déficit colectivo estimado para las ciudades supera los 250 millones de dólares. “Es como inflar los precios de un gran concierto para vender entradas, pero esto no es futbol”, agregó Moore.
Esa podría ser la verdadera amenaza. Como advierten especialistas en gobernanza deportiva, si se excluye económicamente a los aficionados más apasionados –los que históricamente le han dado identidad y atmósfera al futbol– el valor emocional del Mundial puede deteriorarse.
“Los aficionados que crean el valor del torneo son los que están siendo expulsados”, advierten académicos.
La consecuencia, una Copa dividida en dos niveles: accesible para las élites, inaccesible para la mayoría. Y eso, para el futbol, puede resultar profundamente peligroso.
