▲ Cada cuatro años, la afición tricolor acude al ritual mundialista cargada de ilusión.Foto Cristina Rodríguez
Alberto Aceves
Periódico La Jornada
Jueves 11 de junio de 2026, p. a11
Hay palabras que son diagnósticos médicos, una especie de quimera mexicana. Desde 1986, la expresión “el quinto partido” funciona en México como un fantasma que se sienta a la mesa de los domingos, una neurosis compartida, esa forma del delirio que la memoria colectiva ha transformado en un altar. Hasta la edición de Qatar 2022, midió los alcances de una ambición calculada para un torneo de 32 invitados. Pero el futbol es una máquina de expandir los límites del deseo. Este verano serán 48 las naciones convocadas. Sin embargo, para llegar al mismo sitio de siempre –a esos cuartos de final que son la tierra prometida de la selección nacional– ya no hará falta ganar cinco veces, sino seis, porque la utopía también cambia de nombre.
El futbol en este país, como dice el escritor mexicano Juan Villoro, ocurre dos veces: una vez en la cancha y otra, más obsesiva, en la cabe-za de la gente. El quinto partido pertenece exclusivamente a la segunda categoría. Es puro relato anticipado, un largometraje que se proyecta en bucle cada cuatro años sobre las pantallas de televisión y ahora también en los canales de streaming. Alcanzarlo no va a modificar el salario mínimo ni las grietas que surcan el suelo de la capital. Pero las televisoras locales miden el rating con la voracidad de una institución bancaria en un día de pánico. Es el negocio de la fe infinita.
Crisis y fracaso
Cuando la derrota llega –porque siempre llega, puntual como un cobrador de renta–, sobreviene el dictamen. Expertos de traje y corbata, comentaristas y personas comunes en las cantinas se entre-gan a una carnicería masiva. Se buscan culpables, los periódicos titulan en primera plana las palabras “Crisis” y “Fracaso”, y la preocupación se vuelve otra vez cíclica, estéril. Dura exactamente lo que tarda en enfriarse el trauma del último partido. El rival es lo de menos. Puede llamarse Bulgaria (1994), Alemania (1998), Estados Unidos (2002) o Argentina (2006 y 2010). El tamaño del enemigo no altera el guion: el mejor pronóstico está diseñado para fallar y la hazaña es una promesa que se deshace en las piernas de los jugadores.
El fracaso suele operar como destino. Una tarjeta roja inexplicable, un error defensivo, un autogol, un tropiezo en el área chica o aquel lamento nacional convertido en mantra desde Brasil 2014: “No era penal”, porque hasta el árbitro participa en la catástrofe. Detrás de las quejas se esconde la realidad de los clubes de casa, repletos de extranjeros –a excepción del Guadalajara– y elementos que envejecen sin haber conseguido ser leyendas. Las campañas publicitarias insisten en que el futbol genera vínculos emocionales, pero el quinto partido es la radiografía de un milagro que nunca llega.
De alguna forma, el grito del “Sí se puede” remite a la imagen del niño gritón de la Lotería Nacional, encargado de anunciar un premio mayor que jamás está al alcance de cientos de personas que compran su cachito todas las mañanas. México es un país que asiste a los mundiales con regularidad, pero ostenta el peor récord histórico entre los participantes del torneo: mayor número de derrotas (28) y más partidos (57) sin haber terminado campeón. La gente lo sabe: son décadas de masticar el mismo final. Quizá por eso los aficionados más lúcidos adoptan un equipo de repuesto en la segunda semana de competencia. Una selección de alquiler para seguir perteneciendo a la fiesta.
Hoy el mapa ha cambiado. Las cadenas televisivas –Televisa y Tv Azteca– ya no tienen el control absoluto de la industria del entretenimiento, debido a que la pantalla se fragmentó en plataformas de streaming y teléfonos móviles. Las nuevas generaciones no recuerdan los mundos antiguos. Crecieron con la memoria de glorias infantiles: los mundiales Sub-17 de 2005 y 2011, aquel oro de Londres 2012 que pareció un milagro bajo el cielo gris de Inglaterra o la hazaña de jugar seis copas del Mundo, como lo harán Messi, Cristiano Ronaldo y Guillermo Ochoa. Pero, en el nivel absoluto, el quinto partido es sólo una ilusión pasajera que sustituye a la realidad.
La historia del trauma es vieja. Comenzó en 1934, en una eliminatoria a partido único contra Estados Unidos, en Roma, apenas días antes de que arrancar el Mundial de Italia. Un futbol en blanco y negro, donde quedar fuera fue tan sólo una anécdota de viaje para la selección. En 1938, en Francia, su ausencia fue un asunto de oficinas: un boicot administrativo de la federación local en un mundo que ya olía a pólvora y guerra: sólo 15 países participaron porque Austria, clasificada a la fase final, ya había sido devorada por la Alemania nazi. México se negó a participar en la eliminatoria.
Pero la verdadera infamia no tuvo que ver con la geopolítica, sino con la trampa. En 1990, el caso de los cachirules –cuatro jugadores con actas de nacimiento adulteradas en un representativo juvenil– dejó a una generación entera mirando la Copa por televisión. Casi tres décadas después, en Rusia 2018, pareció que el universo pedía disculpas. El Tricolor venció 1-0 a Alemania. Aunque el partido se sintió como el fin de una vieja pesadilla, fue tan sólo un espejismo. La selección clasificó a octavos para encontrarse con Brasil y el resultado quedó firmado por Neymar y Coutinho.
Números claros
El quinto partido se volvió entonces un mito con números claros: siete eliminaciones consecutivas en octavos de final (cuarto partido) desde Estados Unidos 1994, una regularidad perdedora que se rompió en Qatar 2022, no para mejorar, sino para retroceder un casillero. La eliminación en la primera ronda –por primera vez desde Argentina 1978– obligó el regreso a casa y una nueva restructuración federativa.
Hoy, los aficionados mexicanos se enfilan a la Copa 2026 arrastrando el mismo optimismo ciego, la misma fragilidad. Sólo hay un cambio en la geografía del torneo: las fronteras han crecido. Ahora, para tocar el cielo, hay que ganar el sex-to partido. Nadie sabe cómo se hace, pero todos están listos para volver a creer. Saben que el monstruo de 48 selecciones es más grande, más voraz, más excluyente y elitista para el trabajador promedio. Y, sin embargo, ahí están. Comprando camisetas, encendiendo pantallas que muestran datos inútiles y certezas que nadie cree, pero las cuales aceptan para esperar pacientemente el golpe de siempre.
