▲ Quiñones (a la izquierda) abrió el camino para terminar con la desventura del Tricolor en los juegos de apertura del torneo y detonó la fiesta en el estadio Azteca, hoy nombrado Ciudad de México.Foto Víctor Camacho
Alberto Aceves
Periódico La Jornada
Viernes 12 de junio de 2026, p. 7
México derrotó 2-0 a Sudáfrica en la inauguración de la Copa Mundial de la FIFA 2026. Con la mística del estadio Azteca, el único recinto sobre la tierra que ha recibidos tres partidos de apertura en la historia del torneo, el representativo nacional quebró un maleficio casi centenario: desde Uruguay 1930, nunca había logrado una victoria en el comienzo del torneo. Los goles de Julián Quiñones (8) y Raúl Jiménez (67) cambiaron al fin la historia.
En el templo que coronó a Pelé (1970) y Diego Maradona (1986) se han labraron las mayores ges-tas del siglo XX, pero también victorias domésticas, imborrables, como la que gritaron ayer por las calles y el Ángel de la Independencia las casi 80 mil 900 personas que desafiaron la lógica de los precios dinámicos para adquirir una entrada.
Cuando el Cielito lindo empezaba a flotar en el aire, Quiñones abrió el marcador con un zurdazo. Habían pasado apenas ocho minutos. Fue el tercer gol más rápido en la historia mundialista para los mexicanos, una onda expansiva que sacudió el cemento de las tribunas recién remodeladas. En este Mundial compartido por tres países –Estados Unidos, Canadá y México, tan cerca en el mapa y tan lejos en casi todo lo demás– la mística de la casa del Tricolor tendrá fecha de caducidad: llegará sólo hasta los octavos de final. Y a ese milagro se aferra ahora la selección de Javier Aguirre.
Quiñones, nacido en Colombia, pero con la convicción de jugar por México, aprovechó una equivocada salida del contención Sphephelo Sithole –asfixiado por la marca del mediocampista de Cruz Azul Erik Lira– y metió un remate entre las piernas del arquero Ronwen Williams. En la memoria estadística, sólo Luis Flores en 1986 (a los tres minutos contra Paraguay) y Rafael Márquez en 2006 (a los seis, ante Argentina) se anticiparon al registro de su velocidad.
Aunque la mayoría de los partidos de esta edición, incluida la final, se mudarán a los complejos relucientes de Estados Unidos, México es un país que vive el futbol con un enamoramiento ciego. Sus mejores noches siempre ocurrieron aquí, cuando el calor de la casa empujó a sus jugadores al mítico quinto partido. Esta vez, sin embargo, la fiesta llegó precedida de preocupaciones. El proceso previo tuvo tres entrenadores (Diego Cocca y Jaime Lozano, antes que Aguirre), un equipo en vías de una renovación forza-da, además de la sombra de una FIFA acorralada por la crítica: entradas impagables, visados denegados y el ruido de fondo de la guerra en Medio Oriente.
La ceremonia inaugural mostró el reverso de la moneda con miles de personas desbordadas por la emoción, arrojando sombreros de cartón desde las gradas, ensayando la ola, el “olé, olé, olé” y entonando canciones a capela como si les fuera la vida en ello: “Aaaay, aaaay / aaay, aaay / canta y no llores”, coreó la multitud, alivia-da por la ventaja del 1-0 al me-nos durante el primer tiempo. Porque, después, el futbol se volvió lento, monótono, y la gran expectativa empezó a diluirse. Un tiro al poste de Quiñones y un centro de Álvaro Fidalgo, que Jiménez no alcanzó a puntear, mantuvieron el barco a flote hasta el minuto 60. Entonces, aparecieron los primeros silbidos, un murmullo constante que en el Azteca siempre precede al descontento.
La expulsión de Sithole –quien derribó a Brian Gutiérrez cuando se iba solo frente al arco– en lugar de aliviar el panorama, tensó los nervios del técnico nacional. El público empezó a cobrarle al equipo la falta de ambición, la parsimonia de unas piernas que ya no corrían con la furia del inicio. Cuando el templo latía cada vez más bajo, Jiménez se hizo cargo de la responsabilidad. Empecinado en romper su propio invierno de goles en Copas del Mundo, conectó de cabeza un centro de Alvarado para firmar el 2-0. Fue un estallido de alivio. Como si alguien, justo a tiempo, hubiera vuelto a encender la mecha dentro del gigante.
Lo que siguió después fue la de-satención pura, el rastro del cansancio físico y mental. El encuentro se desfiguró con dos tarjetas rojas, la del sudafricano Themba Zwane y la del sonorense César Montes, debido a diferentes acciones con fuerza desmedida. Sin embargo, el silbatazo final trajo el desahogo colectivo. Contra la política, el escepticismo, incluso frente a sus propios fantasmas, el viejo templo del futbol terminó por pactar una alianza justa.
“Escenario brutal”
“Es un escenario brutal, eso hace que las piernas tiemblen un poco y eso al jugar le hace pensar”, declaró Aguirre horas después sobre la dimensión del inmueble. “El estado emocional es muy fuerte. Creo que a algunos, no a todos, les pesó un poquito el escenario”.
La gente ovacionó la entrada de Gilberto Mora, quien, con 17 años y 240 días, se convirtió en el jugador más joven en participar en una Copa del Mundo. Ovacionó a Jiménez, aplaudió el regreso de Edson Álvarez y Luis Chávez a la actividad internacional y se entregó al ahora seis veces mundialista Guillermo Ochoa, cuya presencia entre los suplentes terminó con el misterio de la titularidad en la portería.
“¡Boicot al Mundial FIFA 2026!”, alentó una pancarta enorme, pintada a mano en el camino que llevaba al estadio, porque el futbol es una fiesta que no logra tapar ciertas grietas.
Por otra parte, un aficionado alemán sufrió un infarto al interior del estadio Ciudad de México, por lo que fue trasladado a un hospital para recibir atención médica.
La persona se desvaneció en uno de los accesos y fue reanimado por paramédicos. Autoridades capitalinas confirmaron que se encuentra estable recibiendo atención médica.
