▲ Antes de las 11 horas, la multitud ya había abarrotado las calles del Centro Histórico pese al plantón magisterial.Foto Cristina Rodríguez
Hermann Bellinghausen
Periódico La Jornada
Viernes 12 de junio de 2026, p. a10
La gente. Todos somos la gente y tenemos el partido en la garganta. Fans de todas las edades y colores, tanto como madres buscadoras y sus familiares en la banqueta, haciendo ver tristes mantas y nostálgicos retratos, mientras otras ocuparon la escalinata del Ángel de la Independencia, justo atrás del espectáculo musical puesto por el gobierno para apapachar al México que quiere goles, mientras el México que quiere respuestas tiene que arreglárselas para hacerse ver y oír.
El público, numerosísimo, se adentró a un Zócalo inexpugnable, salvo por cuellititos de botella de ahí te encargo. La razón de la plaza amurallada a hierro y tira ocupa varias calles del Primer Cuadro con tiendas de campaña. Son los maestros inconformes de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación que no han terminado sus vencidas con el gobierno.
Llegó a todos la hora señalada. El pueblo hincha, muy numeroso y de camiseta verde, se encuentra con el pueblo que protesta y exige. Las columnas de maestros salieron temprano del Centro que ocupan y echaron a andar por el Eje Central rumbo a Tlalpan. Esperando el trolebús vi pasar una columna de cientos de maestros que atravesó con pericia el difícil crucero del Eje Central con Churubusco y División del Norte.
Las calles de acceso al Fan Fest del Zócalo estaban a reventar antes de las 11. Una ola humana que fue a chocar contra las murallas por todas partes. Si había turistas, apenas se notaban entre tanto capitalino en barra o familia de buen humor. Pronto aparecieron las estampitas sagradas: San Ochoa, San Messi, San Chino, San Ronaldo, San Piojo. “Llévese su santo por 20, tres por 50”. Quise comprar, pero el vendedor se venía persignando y no tuvo cambio.
La ola verde se indigna por el atorón: “¡culeros, déjenos pasar!”. Cuando alcanzamos el filtro final (puerta de un metro de ancho) ya llevábamos varias cuadras de empujones, apachurres y arrimones al rayo del sol. Una vez adentro, Coatlicue es enorme a la izquierda.
En la plancha, un Tláloc gigante da el gatazo. Enseguida una estorbosa escenografía de edificios de utilería despliega las firmas comerciales autorizadas por la FIFA. Usted las conoce. Las mismas que uniforman el gusto y el consumo contemporáneo.
En cuanto a clase sociales, poca novedad. O sea, domina el pueblo llano. Los bajados de Las Lomas, alterados por el gentío, algo asustados, son menos pero di que se atrevieron al arrimón de barrigas, espaldas, pechos y pechas, brazos, manos, traseros. Toda una cátedra de anatomía táctil. En tanto, el show del estadio en la pantalla mayor, frente a Catedral, confirma que los colores chillones de Cindy Lauper están de regreso. Para el Zócalo los bailables son mudos. Mejor. Sólo Shakira parece en su cancha, porque ya se la sabe. El Potrillo entona el himno, y con él la plaza entera.
Escurre el tiempo sudoroso. ¡Comienza el partido! Ruge la plancha al unísono y la selección se adentra en un cotejo favorable. La gente está contenta. Al anotar Quiñones la temperatura cambia, el suelo retiembla, la masa hierve. Eso fue gol y no cuentos. Tirazo. Tanto, que amerita un cantar masivo de Cielito lindo. No falta quien llore.
La cámara muestra la calva del presidente de la FIFA, Gianni Infantino, un segundo y el abucheo conmueve las piñatas y figuras folclóricas que cuelgan sobre la masa en colores discutibles. El segundo tanto deja, tras el grito correspondiente, la serenidad de un hecho consumado. Con dos rivales expulsados y un cierto conformismo de la escuadra mexicana, termina intacto el 2-0.
La masa verde se dispersa en paz y satisfecha. Las madres y los maestros, como las rocas que las olas dejan cuando se retiran, aquí seguirán mañana.
