▲ Un padre y su hijo costarricenses, ambos de nombre Eduardo Garita, viajaron por carretera abordo de una Combi 1975, desde su oriundo San José hasta la CDMX para la Copa del Mundo.Foto Ángel Vargas
Ángel Vargas
Periódico La Jornada
Sábado 13 de junio de 2026, p. 8
La resaca del día después: no hay punto de la capital mexicana –y acaso de diversas partes del país– donde ayer no se observaran vestigios, y hasta algunos estragos, de la euforia colectiva vivida el jueves tras el triunfo de México en el juego inaugural de la Copa del Mundo 2026. En las calles, el transporte público, plazas comerciales, parques, sitios de trabajo, pero sobre todo restaurantes, bares y cantinas se respiraba y transpiraba aún el júbilo y las playeras del representativo nacional, –imponiéndose las de color verde– eran una constante, portadas con orgullo y alegría. Algunos, de hecho, las vestían desde el mismo jueves; en parte, como homenaje o recuerdo de lo ocurrido en el estadio Ciudad de México, o bien, porque continuaron el festejo a lo largo de este viernes.
“Nada que un caldo bien picoso y un par de chelas bien frías no cure”, asumía un grupo de jóvenes mientras brindaban para seguir comentando los goles de Julián Quiñones y Raúl Jiménez, así como lo “chingón” del multitudinario festejo en El Ángel de la Independencia a pesar de la tormenta que se desató en los momentos iniciales. Un festejo que para muchos se extendió hasta altas horas de la madrugada en los bares y demás centros de esparcimiento de la Zona Rosa y otros puntos de la urbe, donde incluso podía ingerirse bebidas alcohólicas en la vía pública ante la tolerancia de las fuerzas de seguridad pública. “Nomás no fumen mota ni hagan desmadres”, advirtió un elemento policiaco a un padre de familia que bebía cerveza en la Glorieta del Metro Insurgentes.
Más de 2 mil kilómetros de pasión
Detrás de un evento internacional de enormes proporciones como un Mundial siempre hay grandes historias humanas. Una es la de la generosidad de doña María, una comerciante informal de artesanías y suvenires en la colonia Juárez, que llevó a la calle el ambiente del estadio al sacar su pantalla Led de 51 pulgadas durante el juego inaugural para compartir el encuentro con los transeúntes. Rodeada por docenas de aficionados con sus playeras de la selección, se olvidó del negocio durante dos horas y vivió con intensidad las acciones, siendo partícipe de la euforia colectiva: gritos y porras de apoyo a la selección, el sonido incesante de cornetas, la ola, mentadas de madre a Gianni Infantino, presidente de la FIFA, y el paroxismo al caer las dos anotaciones del combinado nacional. “Nada más bonito que poder compartir la alegría con los demás”, respondió al rechazar las cooperaciones voluntarias, y se comprometió a repetir la acción para los demás juegos del Mundial que se transmitan por televisión abierta.
Otra de esas historias es la de un padre y su hijo costarricenses, ambos de nombre Eduardo Garita, que viajaron por carretera, a bordo de una camioneta Combi 1975, desde su oriundo San José hasta la capital mexicana para experimentar in situ la inauguración de esta Copa del Mundo. Fueron cinco días de viaje y un trayecto de poco más de 2 mil 600 kilómetros. “Sí ha sido algo cansado, pero ha valido la pena”, dijeron tras estacionar su vehículo en torno al Ángel de la Independencia. “Si la selección de Costa Rica no vino al Mundial, nosotros sí”, remarcaron orgullosos para luego aclarar que emprendieron esta aventura sin contar con localidades para los estadios y con la firme idea de apoyar a la escuadra mexicana.
“Es la primera Copa del Mundo a la que asistimos. No compramos boletos porque están por los aires. Lo que queríamos era vivir la experiencia del viaje y el ambiente futbolístico en un día como hoy (el de la inauguración). Sabemos que hay mucha probabilidad de que México gane y que aquí en (El Ángel) se arma una gran fiesta. Es algo que soñamos vivir, por eso estamos acá”, explicaron. Tras disfrutar del festejo multitudinario en el citado monumento histórico, ambos aficionados ticos tenían previsto reponerse el viernes y emprender el retorno a su patria este sábado. “Sabemos que regresaremos felices”.
