▲ La banda de reggae mexiquense, durante una presentación en una escuela.Foto cortesía Glenda
Daniel López Aguilar
Periódico La Jornada
Miércoles 22 de julio de 2026, p. 9
En el universo de Congal Tijuana la música no se apaga al final del concierto. Permanece, reverbera y abre preguntas que interpelan.
La agrupación mexiquense ha sostenido una trayectoria donde la mezcla de ritmos es apenas el inicio de una búsqueda más honda: incidir en la forma en que las juventudes piensan y se sostienen.
El origen surgió en una escena al margen. En entrevista con La Jornada, el bajista y vocalista de Congal Tijuana, Jared Yacaman, recordó que “la escena musical de Toluca y Metepec durante la década de 2000 se vivía fuera de los circuitos comerciales y sonaba principalmente a rock, punk, metal y sus derivados.
“Recuerdo pláticas con generaciones mayores donde decían que Toluca era una ciudad muy gótica e industrial”. En ese entorno, precisó, también persistía un movimiento enfocado en la música original.
Identidad y sonido en vivo
Comenzó a tocar a los 12 años y en casa aprendió a escribir canciones por imitación a su padre y su hermano. “El primer grupo al que pertenecí se llamó La Corcholata Rock y teníamos la oportunidad de participar en diferentes circuitos de conciertos donde coincidíamos con bandas de generaciones mayores”. Aquella etapa estuvo acompañada por mentores que le enseñaron el oficio.
Hoy, esa historia se articula en escena con Saúl Isboset en la batería, Ricardo Villarruel en la guitarra, Aldair Rojas y Abraham Yacaman en los saxofones: una alineación que sostiene su identidad y sonido en vivo.
La noche abrió otro cauce. Entre peñas, trova y ritmos caribeños, el aprendizaje ocurrió sobre el escenario. El bajista evocó: “Aprendimos mucho y ese trabajo nos ayudaba a invertir en nuestros proyectos de música original”.
En 2002, junto a su hermano Abraham, dio forma a la primera versión. “Nace como una banda de covers que interpreta a Manu Chao, Maldita Vecindad, Panteón Rococó, Los Fabulosos Cadillacs”. La recepción no fue inmediata: “los dueños de los bares no nos contrataban porque decían que tocábamos cumbias rock”.
Proponer soluciones
El 14 de marzo de 2004 marcó un giro. En el festival cultural Metepec canta en las peñas, el proyecto asumió la composición propia como eje. Para el vocalista, “participar en un acto cultural requería el merecido honor de ofrecer una propuesta de música original”. Aquella noche abrieron para Santa Sabina. “Una experiencia que nunca voy a olvidar”.
Con Revolución en acción llegó algo más que un disco. Fue, en sus palabras, “la propuesta de crear un colectivo de músicos interesados en gestionar espacios”. La falta de foros empujó esa iniciativa hasta volverla un movimiento que abrió la vida bohemia de Metepec a las propuestas independientes.
La presentación, el 2 de septiembre de 2006, reunió a 3 mil personas. “Sufrimos mucho como organizadores y perdimos dinero, pero como músicos vivimos un sueño increíble”.
En lo sonoro, el reggae sostiene el eje sin imponerse como frontera. Al abordar esa elección, Jared Yacaman (Monterrey, Nuevo León, 1984) señaló: “su espíritu libre y positivo nos inspiró a construir líricas que, más que señalar injusticias y contradicciones, nos motivan a proponer soluciones”.
La raíz no imita. “Nuestro reggae es mexiquense, inspirado en las milpas de maíz; suena a rock porque somos hijos de esa generación; a cumbia, ska y hip hop, así laten los barrios; y a jazz, es lo que estudiamos”. Bajo esa lógica, añadió el músico, “cada canción se construye en función de lo que queremos expresar”.
Fuera del escenario, esa lógica se extiende a escuelas, talleres y campamentos, donde ensayan otra forma de vínculo. En ese terreno, advirtió que “figuras como el ‘rockstar’ y el ‘fan’ juegan roles de poder que sólo permiten una relación superficial”. En el contacto directo, añadió, “logramos establecer una relación más humana y sensible, y comunicarles que no están solos”.
La historia también incluye rupturas. Tras el primer disco, el crecimiento trajo tensiones internas: eran demasiado jóvenes para dimensionar lo que ocurría y los conflictos diluyeron aquel impulso inicial, marcado por una idea de éxito asociada a la fama. La caída obligó a replantear el rumbo y, con el tiempo, a entender que no es lo mismo vivir de la música que hacerlo desde la convicción.
De esa revisión surge la etapa actual. Luz y oscuridad, su nueva producción, apuesta por la cercanía. En palabras de Jared Yacaman, “está diseñado en espacios más íntimos que permitan a las audiencias conectar con su mundo emocional y cuestionar sus propios procesos.
“Congal Tijuana es una celebración de la vida desde la libertad y el amor; soy bendecido al pertenecer a una familia donde el amor le da sentido a lo que hacemos. He comprendido que mi propósito es poner mi talento al servicio de mi sociedad, no convertirme en una pieza ornamental del divertimento.”
