Influir… ¿en qué?
Esa es la pregunta que devuelvo siempre que me piden hablar de este tema. ¿Cómo influyo más en las reuniones? ¿Cómo proyecto autoridad? ¿Cómo doy esa imagen de seguridad que no acabo de sentir?
Y la respuesta, para todas, es la misma: si lo que quieres es ser más influyente, probablemente no lo seas. Si quieres que se vea que tienes autoridad, tampoco. Si quieres parecer seguro, acabarás mostrando lo contrario.
Porque la pregunta de verdad no es «cómo influyo». Es otra. Es a qué vengo.
Te lo explico desde el teatro, que es lo que conozco. Cuando un actor entra en escena, no entra a «ver qué pasa». Entra con algo muy concreto que en mi oficio llamamos el «para qué» del personaje. ¿Para qué entra Hamlet en esta escena? ¿Para convencer a su madre? ¿Para hacerla dudar? ¿Para hacerle daño? Ese «para qué» lo cambia todo. Cambia cómo camina, cómo mira al otro, dónde se sienta, cuándo decide hablar y cuándo decide callarse.
Sin «para qué» claro, el actor está perdido. Hace los gestos, dice las frases, pero la escena no respira. El público lo percibe, aunque no sepa por qué. Se da cuenta de que ahí pasa algo raro y desconecta.
Y en una reunión pasa exactamente lo mismo…
Imagínate a Marta entrando a la reunión de presupuestos del segundo semestre.
Versión uno. Marta entra justa de tiempo, con un café en la mano, «perdón, vengo de otra». Saluda a todos a la vez sin mirar a nadie. Se sienta donde pilla. Abre el portátil para contestar dos mails mientras empieza la reunión y mientras va pensando en bucle: «¡en esta reunión quiero que me escuchen!».
Versión dos. Marta, el mes siguiente, en la misma reunión. Entra dos minutos antes. Saluda con calma. Elige sitio. Deja el móvil boca abajo. Abre una libreta. Y espera.
Cuidado aquí, porque es fácil leerlo mal. Lo que cambia entre Marta-uno y Marta-dos no es una técnica de presencia, es el resultado de algo que pasó antes de cruzar la puerta. Marta-dos se ha hecho una pregunta de 30 segundos: a qué vengo yo, exactamente, a esta reunión. Y cuando llegas con esa pregunta respondida, el cuerpo deja de estar en fuga. No tiene que parecer nada. Solo tiene que estar.
Estar parece poca cosa, ¿no? Con la de técnicas que hay en el mundo para todo, que solo te digan «estar»… Es como que se queda en nada, ¿a que sí? Pues de verdad creo que no hay cosa más difícil que «estar».
En la película Pena de muerte, hay una escena en la que Sean Penn está contando algo durísimo. Y la cámara, en un momento, se va a Susan Sarandon. Ella no dice ni una palabra. Está reflejada en un cristal, mirándole. Escuchando. Y de pronto la escena se la lleva ella. Aunque sea él el que habla, es tan brutal cómo escucha, todo lo que ves en su mirada sin un solo movimiento, que no puedes dejar de mirarla a ella. No hay técnica ahí, sino una actriz que «está» y a la que le afecta lo que dice el otro.
Eso es lo que hace un actor cuando sabe a qué ha venido: escucha como si su vida dependiera de ello. Porque su vida en la escena, literalmente, depende de eso. No está esperando su turno. No está repasando su frase. Está entero, dejando que lo que dice el otro le afecte. Es la gran diferencia entre el actor que, al no saber a qué ha venido, hace cien cosas sin parar y el que tiene claro qué hace allí y simplemente escucha, dejando que todo lo que pasa le afecte.
La mayoría de la gente en una reunión no sabe hacer eso. Está esperando su turno. Calentando motores. Mirando de reojo al jefe. Y cuando le toca hablar, suelta lo suyo, casi siempre desconectado de lo que se ha dicho antes. Porque no lo ha escuchado.
El que está de verdad, escucha de verdad y gana dos cosas a la vez.
- Información. Sabe más cuando le toca hablar.
- Peso. Porque el resto, sin saber cómo, percibe que esa persona está ahí, entera.
Y eso, en una sala llena de gente medio ausente, deseosa de influir, de que se vea su autoridad o de parecer muy segura de sí misma, vale más que mil palabras.
Así que la próxima vez que vayas a una reunión, no te pongas a ensayar la postura del que tiene autoridad — aunque otro día veremos la importancia de eso — solo imitar posturas no funciona. Hazte una sola pregunta, treinta segundos antes de cruzar la puerta: a qué vengo yo, exactamente, a esta reunión. Qué quiero entender. Qué quiero aportar. Qué necesito que salga de ahí.
Si llegas con esa pregunta respondida, todo lo demás se ordena solo. El cuerpo. La mirada. La escucha. La calma. No porque hayas hecho una técnica, sino porque por fin no estás en otro sitio. Y si consigues saber a qué vas y eres capaz de estar, es muy posible que puedas influir.
Coté Soler, CEO de BeLiquid
