▲ Cientos de familias se congregaron en las calles para apoyar a los corredores.Foto Jorge Ángel Pablo García
Joshua Reyes Sámano
Periódico La Jornada
Lunes 31 de agosto de 2026, p. a10
A diferencia de otras ediciones, el Maratón capitalino cumplió con saldo blanco sin reportarse decesos entre los 30 mil competidores. Una carrera no termina cuando se reparten los sitios de honor. También están quienes cruzan la meta más de seis horas después, cuando el calor del mediodía hace que cada paso parezca una negociación entre la voluntad y un cuerpo que pide detenerse.
Si bien, aquellos atletas de alto rendimiento que recorrieron ayer los 42.195 kilómetros del Maratón de la Ciudad de México en menos de tres horas también sufrieron los estragos de la prueba, quienes se atrevieron a encarar la distancia sin perseguir marcas de élite padecieron una penitencia que pocos pagan por la catarsis de cumplir un sueño.
“Es imposible que no te emociones con la porra en el camino, tus seres queridos que no están, y un esfuerzo sobrehumano por demostrar de lo que eres capaz. Cruzar la meta te da alivio, paz, después de una extensa agonía”, declaró José Garnica, quien se mostró conmovido tras correr su séptimo maratón.
En los últimos sitios de la carrera no había medallas que disputar, pero sí calambres, piernas exhaustas, corredores que vomitaban y una meta que parecía alejarse con cada paso. También había recuerdos y gritos de apoyo detrás de las vallas que repetían que aún se podía dar más.
“Un maratón es de respeto, algo grande, incluso te puede costar la vida. Es muy demandante física y sicológicamente, hay que admirar a quienes lo terminan, pues aunque concluyas al último, el esfuerzo es el mismo”, declaró Javier Cortés, quien a pesar de los calambres no disimulaba el júbilo por llegar al Zócalo.
En la salida, antes de las 6 horas, a un costado del estadio Olímpico Universitario, los participantes se mostraban ansiosos por iniciar la prueba. Algunos debutantes no dimensionaban a qué se enfrentaban, mientras los veteranos –acostumbrados al sufrimiento– buscaban un nuevo capítulo de dolor y alegría.
Cerca de la Glorieta de los Insurgentes convergieron dos escenarios para un capitalino un domingo por la mañana. De un lado, los corredores que, aferrados a su deseo de llegar al Zócalo, mantenían el ritmo pese al cansancio; del otro, quienes habían madrugado, pero salían con el semblante pálido después de la fiesta de unas horas antes.
Los maratonistas seguían su camino. Algunos todavía trotando; otros avanzaban con una caminata intensa y varios más hacían pausas, con las manos apoyadas sobre las piernas, para recuperar el aliento. A esas alturas, los kilómetros dejaban de medirse con el reloj y comenzaban a sentirse en cada músculo.
“¡Sí se puede!”, “¡No se rindan!”, gritaban desde las banquetas. “No te conozco, pero estoy orgullosa de ti” y “coyeye, coyeye”, se leía en algunos de los carteles multicolores que acompañaban a los corredores.
“Son locuras de uno”
Entre los espectadores estaba José Talavera. A sus 95 años miraba pasar a los competidores mientras esperaba a su nieto. Él también conoce el desgaste de estas pruebas: durante años se aventuró en carreras y otras actividades deportivas.
“Es fantástico cada año venir a esperar a mi nieto. Son locuras de uno hacer estas carreras, no cualquiera se anima a ese desgaste tan grande del cuerpo. Aunque se tarden cinco o seis horas, lo importante es terminar; ya sea arrastrándose, pero deben morirse en la raya y demostrar que corren con el corazón”, aseguró.
Para Alberto Zavala, de 50 años, cada kilómetro tenía además un significado distinto. Al mismo tiempo que avanzaba por la ruta recordó a su padre, quien falleció hace un año. Ambos habían compartido durante algún tiempo el gusto por correr.
“Durante todo el recorrido lo recordé, se me vinieron a la mente los momentos cuando corríamos juntos hace algunos años. Ahora ya no está, pero le dedico cada kilómetro.”
El maratón, decía uno de los corredores, es como la vida. Los 42.195 kilómetros eran una sucesión de momentos buenos y malos, de ganas de abandonar y de continuar.
Cuando se acercaron al Zócalo, la multitud ya era menor que horas antes. Los ganadores habían celebrado, las fotografías del triunfo ya circulaban y la mayor parte de los corredores terminaron. Pero muchos aún tenían la misión de cruzar la meta.
Después de más de seis horas, los últimos corredores llegaron al Zócalo. Bañados en sudor, levantaron las manos en agradecimiento. El reloj ya no importaba. La carrera, para ellos, había terminado.
