Podría empezar diciendo lo típico: comunicación asertiva… aprender a decir no… poner límites… Pero eso está ya más que visto, ¿no? Así que te propongo ver este tema desde otro lugar. ¡Vamos a ver una peli!
Despacho. Mediodía. Pablo llama a la puerta de su jefa. Entra sin esperar respuesta.
- PABLO: Oye, perdona, ¿tienes un momento?
- MARTA: (sin levantar la vista del ordenador) Dime, dime.
- PABLO: Es que… no puedo más. En serio. Llevo tres semanas durmiendo fatal, esto es inabarcable, no sé ni por dónde empezar. Esta mañana me he quedado media hora mirando la pantalla sin poder hacer nada. Necesito que hagamos algo, porque así no puedo seguir.
- MARTA: (suspira, ahora sí lo mira) Pablo, todos vamos pasados. Estamos en un momento muy duro. Intenta organizarte mejor, hazte un Excel con prioridades, y si el viernes sigues igual hablamos. ¿Vale?
- PABLO: (traga saliva) Vale.
Pablo sale, cierra la puerta y se queda parado en el pasillo.
¿¡¡Qué ha pasado!!?
Pablo lleva tres días dándole vueltas a esta conversación en su cabeza y ha salido peor que ha entrado. No solo no ha conseguido nada sino que, además, su jefa parece que le dice que es culpa suya.
Te cuento cosas. Cuando un actor analiza una escena, trabaja con tres niveles a la vez: Texto, lo que digo; Subtexto: lo que quiero decir pero me callo; Inconsciente: lo que no tengo ni idea de que está ahí, pero sale por todas partes.
Lo que ha dicho Pablo (que sería el texto), ya lo hemos visto. Probablemente lo que no ha dicho (subtexto) estaría cargado de reproche hacia su jefa: “Me cargas de trabajo, me cambias las cosas de un día para otro, no te organizas y me cae a mí…”. Todo eso es lo que puede haber percibido Marta. Y todavía puede ser más heavy la capa inconsciente, pero por ahora tenemos suficiente con Texto y Subtexto.
Aquí está el tema. La conversación no la perdió Pablo por lo que dijo, la perdió por lo que su jefa escuchó debajo. No hay que olvidar que en el fondo somos animales. Racionales, pero animales. Y gran parte de cómo nos entendemos pasa por debajo de las palabras. Cuando alguien entra a soltarte emoción sin decirte qué quiere de ti, el cerebro humano va al sitio más cómodo: “este vino a quejarse”. Punto.
¿Y qué hacemos con esto? ¡Pues alinear mi texto y mi subtexto! Para que no se escuche “Hola Marta, venía a hablar cinco minutos contigo si puedes” y se entienda “ Hola Marta, venía a cag$%!!me en tos tus Mu%%$$&tos y a desahogarme porque estoy a hasta $$@!!&&& de ti ”.
Así que vamos a alinear texto y subtexto. ¿Cómo? Pues haciéndose, antes de entrar al despacho, las tres preguntas que se hace un actor antes de salir a escena:
- ¿Qué voy a decir?
- ¿Qué quiero conseguir realmente?
- ¿Qué hay debajo de todo esto que ni yo mismo me he atrevido a mirar?
Las dos primeras tienen respuesta rápida, la tercera, no. La tercera la deja para otro día, pero al menos sabe que está ahí. Imagina que Pablo se sienta cinco minutos con un café, se hace estas preguntas, y vuelve a entrar.
Despacho. Mismo día. Pablo vuelve a llamar. Esta vez espera respuesta. Entra con un papel en la mano.
- PABLO: Hola Marta, gracias por estos cinco minutos. ¿Te cuento?
- MARTA: (cierra el portátil) Claro. Cuéntame.
- PABLO: Te he traído el cronograma de los tres proyectos que llevo. Tal y como está, no llego. No es sensación, es matemáticas: hay 180 horas de trabajo en las próximas cuatro semanas y yo tengo 160. Necesito que decidamos juntos qué hacemos con esas 20 horas. Tengo tres opciones pensadas. ¿Las vemos?
- MARTA: (coge el papel, se acerca) A ver, uéntamelas.
¿Ves la diferencia? No ha cambiado la sobrecarga. No ha cambiado Marta. No hay técnica de comunicación nueva. ¿Qué ha cambiado entonces? Pablo ha hecho tres cosas, todas en esos cinco minutos a solas con el café.
- Ha decidido qué quería conseguir de verdad. No “que me hagas caso”, no “que me reconozcas”, no “que me digas que soy bueno”. Algo concreto: que entre los dos decidamos qué se queda fuera del próximo mes.
- Ha traído algo a la mesa. Un cronograma. Un dato. Un papel. Algo que los dos pueden mirar a la vez en lugar de mirarse entre ellos. (Esto, por cierto, es pura puesta en escena: cuando dos personas miran un papel, dejan de estar enfrente y pasan a estar al lado.)
- Ha cambiado su subtexto. En la primera escena, el subtexto de Pablo era reproche disfrazado: “esto es culpa tuya”. En la segunda, el subtexto es respeto: “valoro tu tiempo, confío en tu criterio, asumo mi parte”. Marta no lo ha leído conscientemente. Pero lo ha notado. Y ha respondido a eso, no a las palabras.
Porque al final, esto va de eso. Cuando alineas tu texto con un subtexto sano, el otro lo nota aunque no sepa por qué. Y la conversación cambia entera. Y ese trabajo, el de alinear, no se hace en el despacho del jefe, se hace antes, en el camerino. Contigo mismo. Con un café.
Coté Soler, CEO de BeLiquid.
