Es una hermosa villa situada al noroeste de la provincia de Zamora y asentada a los pies de la Sierra de la Culebra. Con un censo de población que ronda actualmente los cuatrocientos habitantes, Villardeciervos destaca históricamente como uno de los pueblos mejor conservados de todo el territorio. Su sobresaliente casco urbano fue declarado Bien de Interés Cultural en la categoría de Conjunto Histórico y su espectacular entorno natural se define por la presencia de bosques autóctonos de robles, robles negros o marojos y majestuosos castaños, que configuran un paisaje de enorme valor ecológico a las faldas del sistema montañoso.
La andadura histórica de este municipio se remonta al lejano siglo XII antes de nuestra era, un extenso periodo asociado a la paulatina difusión de la metalurgia del hierro para la fabricación de herramientas, útiles y armas. Los primeros pobladores prerromanos de la zona, que no superaban los cien habitantes, se establecieron en el escarpado promontorio conocido como la Peña del Castro, una gran elevación de unos 170 metros sobre el núcleo actual. En este singular enclave histórico, los habitantes construían viviendas circulares protegidas por zócalos de piedra y techumbres de ramaje, rodeadas por una sólida muralla de bloques de cuarcita. Su subsistencia diaria durante centurias se basó en la ganadería, la agricultura de subsistencia, la pesca, la recolección y la actividad minera, cuyos vestigios aún perviven hoy en las escorias del Puente de las Fraguas.
A principios del siglo I a.C., la ocupación en la Peña del Castro cesó por completo y la administración romana trasladó a la población local hacia la llanura en el corazón de la Sierra de la Culebra. Aquel nuevo asentamiento en el llano cobró una importancia militar, económica y estratégica decisiva gracias al trazado de la célebre calzada romana de la época que enlazaba Braga con Astorga. La documentación escrita vuelve a registrar este término en el período medieval, concretamente en un valioso texto de mediados del siglo XII en el que figura de forma explícita como posesión cisterciense del Monasterio de Moreruela bajo el nombre medieval de Vilar de Cervos.
Poco después, el papa Alejandro III libró a la villa del pago de diezmos, quedando acotado todo su término municipal para el aprovechamiento agrario y pastoril de sus pastos y montes. Hacia el final del siglo XIV, el dominio señorial sobre la comarca de Villardeciervos pasó a manos de don Alonso Pimentel, conde de Benavente. Posteriormente, la Casa de los Condes de Benavente cedió sus derechos de cobro al noble Pedro Sarmiento, un privilegio económico que se heredó entre linajes familiares hasta que en 1752 se documentó formalmente a Diego José de Oca como legítimo dueño de la villa.
El devenir de los siglos trajo consigo grandes dificultades para el municipio, como la trágica epidemia de cólera de 1834 que diezmó la población local. Pese a ello, su economía resurgió con fuerza gracias a la agricultura, la ganadería y la próspera actividad comercial textil de su entorno. La segunda mitad del siglo XIX marcó el florecimiento de la villa gracias a la expansión de las actividades de contrabando con Portugal, basadas en el comercio clandestino de algodón, sal y tabaco. Esta lucrativa actividad fronteriza generó una enorme opulencia y dio origen a elegantes casonas señoriales construidas con la característica piedra rojiza de sillería y mampostería.
En estas construcciones típicas de dos y tres plantas destacan notablemente las galerías voladas de madera y los amplios portones para carros. El legado de esta época de contrabando se conserva en las viviendas con pasadizos secretos para ocultar mercancías, en ardides como colocar las herraduras de las caballerías al revés para despistar a la autoridad, y en las célebres mirillas o troneras de piedra, aberturas utilizadas por los contrabandistas en sus muros para vigilar de cerca el paso de los carabineros reales.
Trazado laberíntico
En el corazón del núcleo histórico de la villa se alza la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, un templo de origen románico caracterizado por su esbelta torre campanario y un valioso retablo. El paseo por el pueblo desvela hitos arquitectónicos emblemáticos como la Casa de los Siete Balcones, la singular Casa Priscila o la evocadora Casa de la Inquisición, que testimonian la pericia de los canteros en el labrado de la piedra. En su trazado laberíntico sobresalen el ayuntamiento y callejuelas estrechas como las de El Salvador y Abrazamozas, que conducen de forma directa a fuentes de gran tradición vecinal como la de la Plaza Mayor, el Caño Grande y el Caño Pequeño, cuyos lavaderos históricos se abastecen de las aguas que descienden directamente de los manantiales de la sierra, sumándose a las más de cuarenta fuentes que salpican el término.
El patrimonio de la villa se complementa de forma extraordinaria con sus valiosos recursos naturales, protegidos bajo la declaración de la Reserva de la Biosfera Meseta Ibérica Transfronteriza. Las faldas de la Sierra de la Culebra albergan la mayor densidad de lobo ibérico de toda la península, compartiendo este singular hábitat natural con ciervos, corzos, zorros y jabalíes. Entre finales de septiembre y mediados de octubre, los montes de Villardeciervos resuenan con la espectacular berrea, el periodo de celo de los machos de ciervo que braman con fuerza y entrechocan sus enormes astas. Para completar esta inmersión natural, el visitante puede disfrutar de la playa fluvial de los Molinos, un hermoso paraje de baño situado en el embalse de Valparaíso, donde se pueden pescar truchas y relajarse en sus agradables merenderos.
