▲ El recinto alberga fotografías, testimonios, textos, restos de instalaciones y evidencias arqueológicas que documentan experimentos con humanos y ensayos de guerra biológica.Foto Emir Olivares
Emir Olivares Alonso
Enviado
Periódico La Jornada
Domingo 30 de agosto de 2026, p. 10
Heilongjiang. Entre los habitantes del noreste de China hay una añeja cicatriz que evoca uno de los capítulos de guerra más oscuros del siglo pasado.
Entre 1936 y 1945, antes y durante la Segunda Guerra Mundial, en la ciudad de Harbin –en ese entonces invadida por Japón y hoy capital de esta provincia del noreste chino– existió una enorme base secreta conocida como Unidad 731, en la que el Ejército Imperial Japonés experimentó con humanos y realizó ensayos de guerra biológica.
En esas instalaciones, prisioneros civiles y militares –incluidos mujeres y niños– fueron infectados deliberadamente con enfermedades como peste bubónica, fiebre tifoidea, cólera, ántrax, tifus y sífilis, para luego ser sometidos a vivisecciones sin anestesia, congelados a temperaturas extremas y utilizados en experimentos destinados a desarrollar y perfeccionar armas bacteriológicas.
Al final del conflicto bélico, esos crímenes se ocultaron por la intervención de Estados Unidos, que garantizó impunidad a los perpetradores a cambio de la información japonesa de ese tipo de materiales biológicos de destrucción masiva.
Por décadas, China se esforzó en obtener las evidencias documentales de esas violaciones a derechos humanos, cometidas en el contexto de la invasión de Japón a Manchuria –en el noreste chino–, que comenzó en septiembre de 1931.
Al hacerse del material suficiente, las autoridades chinas fundaron el Museo de Crímenes de la Unidad 731, erigido sobre las ruinas de lo que fue este complejo bajo mando japonés, en el distrito de Pingfang de esta ciudad.
El recinto representa el empeño por no olvidar estos “crímenes de lesa humanidad”. Al recorrerlo, los visitantes son conducidos a mirar la historia de frente. Su diseño arquitectónico simula la caja negra de una aeronave, como metáfora de un sitio que resguarda la evidencia que sobrevivió a los intentos del ejército japonés por destruir los rastros de aquel episodio.
Funesto acervo
En una visita a este sitio de memoria que realizaron periodistas de América Latina, se pudo conocer que los abusos quedaron documentados en fotografías, testimonios, textos, restos de las instalaciones y evidencias arqueológicas, las cuales forman parte del funesto acervo que da forma a la exhibición.
El médico militar japonés Shirō Ishii fue el director del “complejo del horror”. En 1932 comenzó a dirigir un laboratorio dedicado a experimentar con epidemias; años después, sus investigaciones llevaron a la creación de la Unidad 731.
En 1936, en plena ocupación japonesa de esta región de China, se inició la construcción de este complejo, lo cual concluyó tres años más tarde. No se trataba de un pequeño laboratorio clandestino, sino de una instalación de seis kilómetros cuadrados y más de 150 edificios destinada a producir patógenos a escala industrial y experimentar con seres humanos, los cuales, tras ser infectados, eran estudiados, además de ser registrados sus reacciones y cuerpos con el fin de desarrollar armas biológicas y químicas.
Durante el recorrido por el museo, los guías señalan que las estimaciones reunidas en la documentación presentada sitúan en “al menos 3 mil las víctimas –prisioneros de guerra y civiles, sobre todo chinos, aunque también rusos y coreanos– de los experimentos realizados directamente en los laboratorios”. El número asciende a unas 12 mil personas al considerar las unidades vinculadas al programa japonés de guerra biológica en Asia.
Las pruebas de campo y las epidemias provocadas deliberadamente habrían causado, además, cerca de 200 mil muertes en diversos puntos del territorio chino y allende sus fronteras.
Se trata de cálculos históricos y no un registro definitivo. Es imposible, dicen, determinar con precisión el número total debido a la destrucción deliberada de archivos y la ausencia de documentación completa.
La instalación se hacía pasar por departamento científico y de purificación de aguas, y fue el brazo más importante del programa bélico biológico del Ejército Imperial Japonés.
En agosto de 1945, cuando el ejército soviético avanzó sobre Manchuria y la derrota japonesa era inminente, Ishii ordenó destruir las instalaciones de Pingfang, quemar documentos y eliminar a quienes pudieran convertirse en testigos. Se estima que fueron ejecutadas 400 personas, además de decenas de trabajadores chinos que presenciaron las actividades del complejo.Las armas y materiales bacteriológicos relacionados con el programa fueron enterrados o arrojados al río Songhua, cuyo caudal atraviesa Harbin.
El intento por borrar las evidencias tuvo consecuencias que fueron más allá del final de la guerra: según los registros presentados en el museo, ratas infectadas con peste escaparon de las instalaciones destruidas y contribuyeron a nuevos brotes epidémicos que causaron miles de muertes entre 1946 y 1948.
Ishii y otros dirigentes del complejo consiguieron regresar a Japón. Antes de desaparecer, el médico militar dio una última orden a los sobrevivientes de la Unidad 731: guardar silencio.
Con el inicio de la guerra fría, Estados Unidos mostró interés en obtener la información recopilada por los investigadores japoneses sobre guerra biológica.
El material museográfico muestra que el gobierno estadunidense, bajo la autoridad del general Douglas MacArthur y del microbiólogo Murray Sanders, negoció secretamente con Ishii y otros integrantes de la unidad: tendrían impunidad a cambio de los datos obtenidos por los experimentos.
Seguridad nacional
Un trabajo académico del investigador Takashi Tsuchiya cita las palabras del general MacArthur: “El valor de los datos japoneses sobre armas biológicas es tan importante para la seguridad nacional que supera con creces el valor de los ‘crímenes de guerra’ que se persiguen… La información debe ser retenida en los servicios de inteligencia (de Estados Unidos) y no debe ser empleada como evidencia de ‘crímenes de guerra’”.
En 1949, la Unión Soviética celebró los Juicios de Jabárovsk, en los que fueron juzgados 12 militares nipones de bajo rango que participaron en la Unidad 731, pero los principales dirigentes quedaron fuera de ese proceso.
Washington, en tanto, impidió que el caso fuera incorporado plenamente a los juicios de Tokio. Como consecuencia, gran parte de los responsables de mayor rango evitaron un proceso judicial internacional.
Ishii nunca fue juzgado y murió en Tokio en 1959. Otros integrantes de la Unidad 731 lograron desarrollar carreras profesionales en el Japón de posguerra. Algunos llegaron a ocupar posiciones destacadas en instituciones médicas y académicas.
Pero la historia no desapareció. Los chinos se han encargado de documentar este capítulo ante la histórica negativa de Japón para reconocerlo y ofrecer disculpas.
Pocos de los responsables nipones que sobrevivieron dieron testimonio años después de esos crímenes. En agosto de 2024, Yingnan Shimizu, el último miembro de la Unidad 731 que estaba vivo (tenía 94 años), visitó la sala de exposiciones del museo para reconocer su responsabilidad.
La cadena oficial china CCTV News reportó que ante el Monumento de Disculpa y Paz de No Guerra, Shimizu declaró: “Me disculpo sinceramente y me arrepiento de las víctimas de China, las víctimas de la Unidad 731 y los muertos”.
La minuciosa arquitectura del museo cuida todos los detalles. Al final del recorrido se extiende un largo y oscuro pasillo que conduce hacia una salida iluminada por los rayos del sol. La escena que se contempla en esa área transmite una sencilla idea: la única forma de evitar que una atrocidad semejante se repita es preservando la memoria.
