Isabel I de Inglaterra nació en Greenwich el 7 de septiembre de 1533 y fue una tremenda decepción para su padre, Enrique VIII. El conocido monarca de la casa Tudor esperaba que su matrimonio con Ana Bolena fuera bendecido con un varón que pudiera heredar el trono de la nación. Pero no fue así. Era una niña que no corrió las mejores de las suertes: su madre fue acusada de traición, la decapitaron y a ella le consideraron como ilegítima, quedando fuera de la línea de sucesión al trono inglés.
Las relaciones se calmaron años después, cuando Enrique VIII contrajo matrimonio con Jane Seymour y tuvieron al ansiado varón que heredaría el trono. La segunda en esa línea de sucesión sería María, hija de Catalina de Aragón. Isabel se quedó como tercera aspirante, en una posición que alejaba del trono, pero que terminó alcanzando por las muertes de sus dos hermanos.
Isabel no solo heredó la corona de Inglaterra tras la prematura muerte de Eduardo VI y de su hermana María, conocida como María la Sanguinaria, sino que la ocuparía durante más de cuatro décadas, convirtiéndose en el sexto más largo de la historia inglesa, por detrás de los de Isabel II, Victoria, Jorge III, Enrique III y Eduardo III.
Aunque la Tudor no solo es recordada por la longevidad de su reinado, sino que se le conocía como Gloriana, La Buena Reina Bess y la Reina Virgen, porque rechazó casarse, además de cultivar su imagen de divinidad, a la que muchos identificaban con la encarnación de la Virgen María. Una asociación buscada por la propia monarca, que también destacó por su dominio de los idiomas y por su interés en obras como la de William Shakespeare.
Un Tudor sin boda
Isabel I de Inglaterra lidió con dos precedentes complicados. Enrique Tudor dejó una huella imborrable con sus seis matrimonios y una decisión que terminó con la creación de la iglesia protestante, alejada del catolicismo dictado desde Roma. Se divorció varias veces, algunas de sus mujeres terminaron decapitadas y otras murieron de forma desafortunada. En cualquier caso, las decisiones del monarca fueron trascendentes para la corona.
La decisión de su hermanastra María I de Inglaterra, hija del primer matrimonio de Enrique VIII, también fue arriesgada. Ella se casó con el príncipe Felipe, hijo del rey Carlos V de España. Este se convirtió en rey 1556 y, por tanto, María en su reina, una relación que no gustó en tierras insulares.
Ni uno, ni dos ni cuatro. Isabel I de Inglaterra decidió no casarse y con ello se ganó el sobrenombre de la Reina Virgen. Se le presentó como una mujer desinteresada que sacrificó su felicidad personal por el bien de la nación, rechazando cualquier pretensión o matrimonio de conveniencia. También cultivó una imagen divina, comparándose incluso con la Virgen María.
Su único matrimonio era con la nación, con la que se decía que estaba “casada”. De hecho, a finales de su reinado, se dirigió al Parlamento en el llamado Discurso de Oro (1601), con un mensaje que reforzaba esta creencia, según recoge la casa real británica en su página web oficial: “No hay joya, por muy valiosa que sea, que yo ponga ante esta joya; me refiero a vuestro amor”.
Interés por Shakespeare
No hubo boda para Isabel I de Inglaterra, que se sentó en el trono durante 45 años y cuyo gobierno se considera generalmente uno de los más gloriosos de la historia inglesa, conocido popularmente como la época isabelina.
En ese tiempo, hubo lugar para intrigas palaciegas, conflictos como la invasión de la armada española y visitas regionales de la monarca a varias partes del país. También para un importante momento cultural, con compositores como William Byrd y Thomas Tallis trabajando en la corte y con la reina acudiendo a estrenos de obras de William Shakespeare como Sueño de una noche de verano.
