▲ El portero marroquí Yassine Bounou momentos antes de atajar el penal de Mbappé.Foto Afp
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iran al suelo como si le suplicaran al balón que no los traicione. Caminan desgarbados hasta la mancha de cal. Hay silencio. Parece que ya hubieran fallado y sólo quedara cumplir el trámite del disparo. Entonces la pelota termina en las manos del portero o se extravía en el anonimato de la tribuna. Después, regresa el ruido.
Peter Handke convirtió ese instante de desasosiego en literatura con El miedo del portero ante el penalti. La novela, curiosamente, no trata de futbol. El protagonista es Josef Bloch, un antiguo guardameta despedido de su trabajo como mecánico que deambula por una existencia diluida en el vacío. El futbol apenas se asoma en algunos recuerdos –un viaje a Nueva York con el equipo, el silbatazo de un árbitro– hasta reaparecer al final, justo en ese momento suspendido que precede al cobro de un penal.
Hace un par de días, Mbappé falló un penalti. El jugador capaz de convertir goles imposibles cobró como si, de pronto, lo hubiera poseído el espíritu de un futbolista aficionado. Uno malo, por cierto. Y antes, Messi desperdició por segunda vez en este Mundial un tiro desde los once metros. Resulta inverosímil que los mejores pies del futbol no logren meter la pelota ante el hombre que parece más vulnerable por un instante. Ese espacio entre el manchón y la portería es un territorio indomesticable, poblado por el miedo, la imaginación y una estadística incomprensible.
Lo que en apariencia es un asunto de habilidad con los pies se decide en realidad con la cabeza. Tirador y portero se enfrentan a un duelo mental en el que analizan las posibilidades del adversario. Se trata de un acto que desafía la lógica. Raúl Rojas González escribe en su libro Futbol bajo el microscopio que el azar empieza desde que el tirador se dirige a la pelota.
En ese camino, el cobrador de la falta puede decidir disparar con su pierna fuerte y tener más probabilidades de anotar. Eso lo sabe también el guardameta. El tirador, entonces, es consciente de que el portero lo intuye y puede elegir cambiar de lado; el arquero también lo sabe y así sucesivamente, en un juego de espejos que se prolonga hasta el infinito.
Y en esa paradoja sin solución: ¿quién teme más al fracaso en un penalti? La imagen de un arquero desvalido puede llevar a pensar en el título de la novela de Handke. Pero el guardameta debe adivinar el disparo, y nadie es tan severo con los presagios de un vidente que se equivoca. En cambio, la obligación del gol recae en el tirador. Basta mirar a los cobradores de penaltis: bajan la vista al pasto, se muerden los labios o las uñas antes del disparo. Por eso dicen que el tirador de un penal es la persona más solitaria en un estadio.
Después de analizar mil penaltis en una década de la Bundesliga, dos investigadores llegaron a la conclusión de que la cuarta parte de esos cobros eran fallidos. Es decir, que la pena máxima equivale, de entrada, a tres cuartos de gol. Si un futbolista tiene más probabilidades de meter la pelota, cuando no lo consigue se convierte en el personaje más odiado del momento.
Qué habrá pasado por la mente de Martín Palermo cuando falló no uno, sino tres penaltis en un mismo partido. En la Copa América de 1999, el goleador de Argentina cobró el primer disparo contra Colombia, que estampó en el travesaño. Más tarde quiso sacarse de encima el fracaso y cobró un segundo penal que disparó con toda la furia contenida sólo para mandar el balón al carajo otra vez. Después de semejantes errores, reunió la suficiente osadía para cobrar un tercero casi al final. Esta vez entregó el balón a las manos del guardameta Miguel Calero. Palermo quedó registrado en los récord Guinness como el autor de una hazaña inverosímil.
En el otro extremo se encuentra el checo Antonín Panenka. En la final de la Eurocopa de 1976, el título se disputó en serie de penales entre dos países que ya no existen: Checoslovaquia y Alemania Federal. El último disparo le correspondió a ese jugador que hizo del miedo un acto de fantasía. En vez de buscar su mejor lado, decidir entre izquierda y derecha, eligió el centro del arco, ese lugar en el que menos se tira y en el que rara vez se queda el portero. La ejecución fue una locura: picó el balón con una lentitud que produce vértigo; el trayecto dibujó una elipse que no necesitaba potencia para entrar al marco y darle nombre a una forma de cobrar penaltis.
Dice Rodrigo Fresán que Moby Dick hizo por las ballenas lo que Kafka por las cucarachas: las elevó a la categoría de mito. Peter Handke hizo algo parecido con la suerte más angustiante del futbol. Porque, en esa pausa ante la portería, donde la pelota tarda apenas medio segundo en llegar al arco, y el portero dispone de unas décimas más para decidir hacia dónde lanzarse, la lógica deja de funcionar. Sólo queda el delirio: el tirador y el portero saben exactamente lo mismo.
