En el último minuto del partido que trajo a Austria hasta aquí se vivió una anomalía en el estadio: las dos aficiones celebraron un gol a la vez. Los austriacos, porque con él lograban la clasificación para la siguiente ronda (de la que estaban apeados matemáticamente unos segundos antes). Los argelinos, dado que iban a pasar igual, festejaban evitar a España y medirse a Suiza en la siguiente eliminatoria a costa de caer un peldaño en la clasificación. Pese a la rareza de la alegría compartida en las dos gradas no caben sospechas de pasteleo. Si ambas selecciones hubieran acordado un empate, Argelia no habría marcado en el minuto 92 ni celebrado la victoria antes de tiempo. No había posibilidad de amaño porque ambas selecciones mantenían cuentas pendientes desde hace más de 40 años.
Sucedió en el Mundial de España 82, en el Molinón, el estadio del Sporting de Gijón. Argelia y Austria se estaban disputando una plaza en la siguiente ronda y los austriacos todavía tenían que jugar contra Alemania Federal. Si ganaba Alemania por uno o dos goles de diferencia, pasaban los dos equipos. Sucedió lo previsible: Alemania se adelantó en el marcador y a partir de ahí no hubo más partido. Un pacto de no agresión entre ambas selecciones que algunos aficionados asturianos protestaron agitando billetes al aire para denunciar que el partido estaba comprado. Así que no, el empate de Argelia y Austria no fue un “biscotto” sino fruto del juego y del azar de los mundiales. Y eso es compatible con que ambas aficiones acabaran satisfechas, o al menos aliviadas, el pasado domingo en Kansas City, Austria por pasar, in extremis; Argelia por librarse de España en los cruces.
