▲ Durante el Mundial 86, la banda, la raza, la chaviza, traía la onda, y la omnipresencia de la bandera nacional adelantó las fiestas patrias.Foto La Jornada
Hermann Bellinghausen
Periódico La Jornada
Miércoles 1º de julio de 2026, p. 5
Para cuando se realizó el Campeonato Mundial de Futbol en mayo y junio de 1986, la Ciudad de México había entrado en un proceso de cambio profundo. Concluía un año en que habíamos vivido en brazos de la muerte. La mascota oficial era un chile, Pique, pero el símbolo extraoficial fue la Chiquitibum, una chica efervescente, alegre, coqueta, que nos inducía a beber cerveza con sus hombros desnudos y el excitante calambre de sus pechos. Actualmente sería inimaginable una figura así. La sexualización de la mujer, la cerveza y el futbol caería hoy bajo la crítica feminista y el nuevo sentido común.
Para la raza, mayormente masculina, la modelo Mar Castro alivianó el ánimo. Otra cosa a recordar es la mayoritaria, aunque no exclusiva, asistencia de varones a los partidos y las celebraciones. Los días de partido importante, el resto de la ciudad quedaba en manos de las mujeres, como en Una giornata particolare, de Ettore Scola.
El ciclo fúnebre había comenzado 12 doce meses antes en un partido de futbol. El 26 de mayo de 1985, el túnel 29 del estadio Universitario se convirtió en una trampa mortal mientras Pumas y América disputaban la final de liga más esperada en años. Hugo Sánchez encarnaba un orgullo nacional, sus gambetas y acrobacias hipnotizaban al respetable, y los dos equipos eran, más que ahora, de armas tomar. En un túnel del estadio, repleto hasta en las altas bardas donde se apiñaba la afición que trepó el mural de Diego Rivera y otros flancos, se desató una estampida loca de adentro hacia afuera, chocando contra los que venían ingresando. Ocho muertos, una veintena de heridos, decenas de sofocados.
El 19 de septiembre del mismo año se registró el gran terremoto que hizo otra a esta ciudad. Una tragedia mayúscula, pero si algo dejó el cataclismo fue un nuevo tipo de ciudadanos. Momentáneamente se suspendieron las diferencias sociales y de clase, el gobierno y el Ejército fueron desobedecidos en los hechos por una ciudadanía sensata, de pronto sintonizada en torno a una palabra entonces noble y nueva: solidaridad.
A diferencia de lo que se ha visto en Venezuela estos días, la gente no esperó que vinieran a auxiliarla. Damnificados y vecinos comenzaron el rescate enseguida y por toda la ciudad cundió la urgencia de ayudar, participar, alivianar a los que perdieron todo, a las personas atrapadas en los escombros, a los rescatistas improvisados que se volverían los famosos topos. Los capitalinos o defeños (la palabra chilango sólo la usaban entonces los de fuera para molestarnos) se pusieron las pilas de una forma extraordinaria y conmovedora. Había nacido la sociedad civil.
Desobediencia y solidaridad
Cuando el gobierno de Miguel de la Madrid ordenó al Ejército ejecutar el enérgico plan DN III, el de las altas contingencias, la gente ya estaba organizada y en vez de obedecer puso a trabajar a los soldados, que estaban autorizados a disparar pero en vez de hacerlo se arremangaron los uniformes y se sumaron al esfuerzo colectivo. El principal parque de beisbol, en Viaducto y avenida Cuauhtémoc (hoy Plaza Delta), se convirtió en una gran morgue a cielo abierto.
Los meses siguientes los capitalinos nos amábamos tanto que resultaban fáciles las lágrimas y los abrazos. Todos habíamos perdido algo o alguien. En los jóvenes se incubó algo, quizás rabia, quizás ganas de cambiar. Casi de repente nos llegó el Mundial de Futbol en 1986. Se dudó de su viabilidad tras el terremoto, pero se hizo. Y la verdad fue muy lindo.
Aún aquejada por sus viejos fantasmas, la selección nacional tenía una de las mejores combinaciones de su historia, y tuvimos motivos para la loca celebración callejera, con todo y el fatídico penal que falló Hugo Sánchez.
Las peloteras eran otras. Éramos menos, y el jolgorio se hizo a bordo de los coches de cada quien. Los burgueses, los y las fresas, los de Mustang y Camaro se adueñaban del Ángel de la Independencia, pero rodaban hacia la avenida Juárez hasta dispersarse en el Zócalo. Resultaban irritantes para el así llamado “pueblo”; la tregua de clases de terremoto había concluido. Pero la gente en general, la banda, la raza, la chaviza, traía la onda. En vochos y bicis a madre, Reforma se llenó de alegría. Ni de lejos las muchedumbres actuales sin freno ni límite de cupo, sin los osos y abusos que hemos visto estos días. Y los que faltan. Entonces nos apapachábamos a la viva México.
La villana para la afición consciente se llamaba Televisa. Todavía no se acababa de pudrir y encumbrar el poder de la FIFA. El estadio Azteca era propiedad de la única televisora nacional. La comercialización del deporte, a la luz del actual Mundial, 40 años después, no nos ahogaba todavía. No existían las enfermizas casas de apuestas de hoy, que devoran el sentido del juego. Si acaso billetes de inocentes Pronósticos Deportivos, oficialización de las quinielas que comprabas y cobrabas en la tienda de la esquina. No había Oxxos, Seven Eleven, Super K ni GoMart, sólo misceláneas, vinaterías, abarroterías y tendajones.
Rock y goles
Ese año, las bolas de junio y la omnipresencia de la bandera nacional adelantaron las fiestas patrias, y aunque perdimos como siempre fuimos más mexicanos que nunca. Los chavos banda querían rock y goles, aunque el primero estaba todavía medio prohibido (de ahí los hoyos fonqui) y los segundos escasearon como siempre. Tristes por Brasil, nos gustó celebrar a los campeones argentinos, adoptamos con amor a Maradona por hacer morder el polvo con un 3-2 a la orgullosa Alemania Federal u Occidental, pues a la sazón existía otra, la Democrática u Oriental.
Antes de terminar 1986, la Universidad Nacional Autónoma de México dio a luz al Consejo Estudiantil Universitario (CEU), el más festivo y exitoso movimiento estudiantil que habíamos conocido, contracara del 68, que hizo de 1987 un año de optimismo clasemediero y nuevo rock al son de Maldita Vecindad y los Hijos del Quinto Patio y la nueva novia de la juventud, Cecilia Toussaint, cantando a López y Elorza.
Todo este hervor de movimientos telúricos, civiles, deportivos y estudiantiles desembocó en 1988 con las primeras elecciones que el PRI sudó para ganar con el mayor fraude que habíamos conocido.
La inesperada ola cardenista generó una revuelta de la burocracia y los mandos medios, y la ciudad contó con el empuje de universitarios y politécnicos, así como la combatividad de los damnificados por el temblor; habían conquistado las calles, sin temor a los granaderos, pues la represión había elevado sus costos para el Estado. La Ciudad de México estaba ganada, los gobiernos delamadridista y salinista la tuvieron que administrar con cuidado y buena cara hasta perderla para siempre en la primera elección de gobierno capitalino en 1997, que ganó indisputablemente el ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas, tres mundiales después y en pleno auge del ingrediente zapatista que revitalizó a la sociedad civil.
