Me han enviado de Las Palmas algunos artículos de la prensa en los que se pone en duda el asesinato. También se ha hecho en El Debate madrileño.
No me siento molesto. Si respondo es por solidaridad con los dos coautores del libro en el que se demostró: el patólogo Dr. Miguel Ull Laita y mi primo hermano y piloto de Cecilio Yusta Viñas. Ambos con larga experiencia y que me habían ayudado en dos intentos previos (2010 y 2011). Fallecidos en la covid.
En el tercero estuvimos mejor armados. Había aparecido nueva documentación oficial. No pretendimos haberla descubierto. Lo hizo un aficionado cuyo nombre no viene al cuento. Se hallaba en el Ministerio de Defensa en la dirección general que conservaba la documentación sobre pensiones. Hoy se encuentra en otro archivo militar.
En ella figura una supuesta “autopsia” del general. Invalida lo mucho que se ha escrito (y que ha llegado hasta Wikipedia) sobre tal asesinato, es decir, una sarta de estupideces e inverosimilitudes anatómicas, como ya había supuesto el Dr. Ull en 2011.
Tal “autopsia” no se había hecho pública, pero permitió colmar numerosos huecos y reforzar la tesis del asesinato. Tampoco se había realizado con las formalidades previstas por la legislación vigente en 1936. Un “apaño” para ocultar lo ocurrido con los subterfugios necesarios. Justificó un aumento de la pensión de viudedad de la esposa del general tras mover estos numerosos contactos con el fin de ablandar al “Caudillo”, ya que en principio la pensión reconocida había sido mucho menor.
El expediente es una joya y en él participaron algunos de los militares que desempeñaron papeles importantes en la preparación del asesinato y su encubrimiento.
La supuesta “autopsia” no fue un original, sino una copia ya adaptada a las circunstancias creadas por la evolución de la guerra. “Justificó” la mentira con que se rodeó el crimen. Balmes apareció como “muerto en acto de servicio”.
Lo que destaca en la copia es el recorrido del proyectil según los destrozos descritos por los galenos en julio de 1936. No son en modo algunos compatibles con el lugar por el que supuestamente penetró la bala. Balmes no se pegó un tiro. Se lo pegaron.
Casi cien páginas del libro de 2016 describen pormenorizadamente lo que tuvo que ocurrir en el cuerpo del general y la imposibilidad anatómica del “resultado” que algunos airean todavía.
Eso sí, no sabemos cómo y quién le disparó. Lo que se contó adolece de numerosas incongruencias. No es casualidad que la única información certera que se publicó en un diario vespertino de Las Palmas el 16 de julio no se repitiera más y se sustituyera, manu militari, por la tesis oficial.
También se “compró” el silencio del único testigo, el chófer, a quien se le rehizo, a posteriori, un nuevo expediente personal. Se retocó, incluso, muchos años más tarde. Estuvo lejos de los peligros de la guerra pero se le concedieron las medallas de la campaña, como si hubiera batallado en primera línea. Llegó a teniente, pero no ascendió a capitán a pesar de sus esfuerzos. Murió alcoholizado.
Posteriormente, al suceso de 1936 el juez militar que se hizo cargo de la investigación, y apartó a manotazos al civil, redactó en sus memorias un capítulo sobre cómo habría empleado Balmes hasta entonces la mañana. De creerlo, habría visitado dos cuarteles, un barquichuelo militar antes de ir a sus prácticas de tiro.
Tal juez consignó en el expediente que figura en el de la pensión que Balmes iba en pantalón corto y llevaba consigo una camisa de seda. Ambos no reglamentarios. Es decir, se le endilgó una vestimenta más apropiada para pasar revista a las tropas que habrían formado ante su visita a dos cuarteles y al barquichuelo. Como si Las Palmas hubiera sido el remedo de una ciudad india bajo dominación británica.
En contra de lo que servidor había escrito en 2011 no identificamos al autor del asesinato. Nos ahorramos, quizá, consecuencias como las que sufrió un colega catedrático de la Universidad de Alicante. Es notorio que por haber osado mencionar el papel de un militar franquista como secretario del consejo de guerra contra Miguel Hernández.
Preferimos abrir una paleta que iba desde el general Luis Orgaz (topo de Franco ante la guarnición de Las Palmas) a embusteros uniformados. En el primer tiempo del saludo, “testimoniaron” por su honor que Balmes fue a probar pistolas para hacer frente a la supuesta “revolución” que preparaban las izquierdas.
Quizá con los fondos del Gobierno canario y los de la Asamblea de Madrid pueda financiarse una nueva investigación. ¿Descubrirá más documentos que apoyen una tesis para nosotros grotesca y absurda? Ciertamente en las islas vive gente que, quizá para salvar el “honor” de sus antepasados, no se atreve a hacerlos públicos.
