▲ Indígenas de México y América Latina continúan en la base de la pirámide de la concentración de la riqueza, sin perspectivas de movilidad social.Foto La Jornada
E
n el cuento de nunca acabar, sin importar de qué país se trate ni qué tipo de gobierno o régimen prevalezca, informes van y vienen –sin que la fecha de emisión altere el balance ascendente– y el resultado siempre es el mismo: la concentración del ingreso va viento en popa, no hay quien la frene e irremediablemente sale fortalecida sin importar si es temporada de huracanes, de vacas famélicas o de vientos de guerra que a todos destrozan, menos a los ricos que cada día son más ricos, dejando para la masa, si bien va, unas cuantas migajas.
Para el caso nacional, La Jornada (Dora Villanueva) lo resume así: “Los mexicanos con riquezas superiores a 100 millones de dólares en conjunto acumulan 503 mil millones de dólares, prácticamente lo mismo que el producto interno bruto (PIB) combinado de Chile y Uruguay. Esto lleva a una desigualdad de tal dimensión que menos de mil personas acaparan una cuarta parte de la riqueza del país, mientras la mitad más pobre se reparte 2 por ciento, destaca el Observatorio Fiscal Internacional (ITO, por sus siglas en inglés), que dirige el economista Gabriel Zucman, en una nota para México”.
Algo más: “mientras en los recientes 26 años la fortuna de los milmillonarios mexicanos ha aumentado más de 400 por ciento, la riqueza de la mitad de la población con menos recursos se quedó prácticamente estancada y ello se debe a que ‘México presenta una distribución del ingreso extremadamente desigual’: el uno por ciento más rico concentra 23 por ciento del ingreso nacional, mientras la mitad más pobre recibe 7 por ciento. Esa disparidad en los flujos de ingreso agudiza la desigualdad cuando se mide la riqueza. Mientras el 50 por ciento más pobre de la población en México concentra 2 por ciento del patrimonio total, el 10 por ciento más rico acapara 70 por ciento, y esta brecha es la parte menos aguda de la desigualdad”.
Ello, porque el uno por ciento más rico del país posee 43 por ciento del patrimonio nacional “y, si se quiere hacer un acercamiento mayor, menos de mil personas acaparan cerca de 25 por ciento de la fortuna total del país, detalla en el informe. Tan sólo Carlos Slim Helú y familia tienen el control de 125 mil millones de dólares; Germán Larrea y familia, de 67 mil 100 millones, y Alejandro Baillères y familia, de 19 mil 500 millones”.
El informe de referencia sólo actualiza cifras, porque ese lacerante resultado prácticamente es el mismo desde que, de una u otra forma, se divulga información sobre la brutal concentración del ingreso en México, algo tampoco novedoso porque el esquema se repite a lo largo y ancho del planeta. Lo único que se modifica, siempre al alza, es la riqueza acumulada.
En el caso de México, fue Carlos Salinas de Gortari quien “modernizó” la cúpula oligopólica del país (mandó a retiro a algunos personajes, incorporó a otros que resultaron más que beneficiados con su política económica) por medio de la privatización a ultranza, los “acuerdos” entre las partes (arreglos en lo oscurito, porque gratis no fue), el reparto de las zonas de influencia (al estilo de las cinco familias de Nueva York) y el tamaño de los contratos de obra pública, siempre asociados a grandes proyectos de infraestructura, finanzas, telecomunicaciones, petróleo, electricidad y demás, que al final de cuentas resultaron onerosísimas para la nación, incluidos interminables “rescates” (deuda privada convertida en deuda pública) con dineros de la nación (el Fobaproa no fue el único) que más tres décadas después los mexicanos siguen pagando, y lo seguirán haciendo.
Los sucesores de Salinas de Gortari mantuvieron la ruta, y sexenio tras sexenio los mismos de siempre acumularon más y más –siempre a costillas de la nación– y sus respectivas fortunas parecían surgidas de un cuento de hadas. Treinta y seis años al hilo, y ya que no había mayor cosa que privatizar y los anaqueles del Estado estaban prácticamente vacíos, por fin se dio un cambio que prometía un giro de 180 grados en la política económica. Pero algo falló: siete años después, a los de siempre no les han tocado un pelo; siguen gozando las mieles de los grandes contratos de obra pública y explotando sin consideración alguna las “zonas de influencia” asignadas desde el salinato, en particular, y en el régimen neoliberal, en general.
Así, el balance de la brutal concentración del ingreso en el país no tiene de dónde obtener un resultado distinto, porque a los de siempre nadie osa tocarles un pelo, y mientras no le metan el diente a esta tenebrosa realidad nacional no existirá justicia ni equilibrio social, ni siquiera en el discurso.
Las rebanadas del pastel
Y el barril mexicano a 88.87 dólares.
X: @cafevega
