▲ La euforia y la ilusión se marcharon del estadio Azteca, quedó el silencio.Foto Víctor Camacho
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o hay nada más melancólico que un estadio vacío. Después de que el último aficionado sale, cuesta creer que horas antes ese mismo lugar fuera capaz de hacer temblar la tierra. Sin actividad y sin público, no es más que un cascarón. Se parece a aquella mesa de billar sin bolas del cuento de Gabriel García Márquez, En este pueblo no hay ladrones, donde Dámaso las roba y condena a todo un pueblo a la monotonía al privarlo de su único entretenimiento.
Nunca ese vacío fue tan evidente como en la pandemia de 2020. Sin gente en las tribunas, los partidos se convirtieron en acontecimientos extraños. Dos equipos jugaban ahogados por el silencio. En un juego de la Bundesliga en la era del covid, el Borussia Dortmund goleó 4-0 al Schalke. Erling Haaland anotó y, por instinto, corrió hacia la grada vacía para celebrar el gol frente a unos aficionados imaginarios. A unos metros, sus compañeros fingieron abrazarlo. Durante unos segundos, el futbol fue como una película muda.
Al día siguiente de la eliminación de México, el estadio Azteca también comenzó a desaparecer. Los trabajadores desmontan los vestigios del torneo que ha terminado. Se van los palcos provisionales, cabinas y zonas de prensa. Deben entregar el inmueble en menos de una semana. El Mundial empieza entonces a desaparecer pieza por pieza.
La noche misma de la eliminación, ya se percibía que algo se iba. Memo Ochoa permaneció unos minutos solo sobre la cancha del estadio casi vacío. Lo recorría con la mi-rada de quien se despide. Sabía que no volvería a estar bajo esas porterías con la selección.
En los alrededores, los habitantes de Santa Úrsula caminaban de madrugada por un barrio que recuperaba la calma. Querían ver por última vez lo que quedaba de un Mundial que pasó frente a sus casas y duró apenas un instante. Trece partidos en el país. Cinco en la Ciudad de México. Desde ahora, el resto del torneo volverá a verse como siempre: en una pantalla.
La espera suele ser más grande que los acontecimientos, que casi siempre llegan como una caravana cargada de prodigios. En Cien años de soledad, Macondo se anima como verbena cada que aparecen los gitanos con su octava maravilla de ocasión: el catalejo que elimina distancias, un imán que da vida a los objetos de metal o el hielo que en sí mismo es un enigma. Pero todo termina un día, levantan sus carpas, la caravana se marcha y el pueblo regresa a su rutina.
Algo semejante ocurrió con el Mundial. Durante unas semanas el Azteca dejó de ser sólo un estadio y recuperó su memoria.
Volvió a ser esa cancha en la que una vez Pelé condujo a Brasil a su tercer campeonato, Beckenbauer jugó con el brazo vendado y Maradona venció a los ingleses. En una canción, Andrés Calamaro recuerda el pasmo que sintió de niño al ver ese “Gigante” que alcanza la dimensión de mito. Peter Beardsley cuenta en sus memorias que ese estadio tiene un aura incomparable que lo estremeció en 1986: “La atmósfera es increíble. Nunca antes ni después tuve una experiencia como ésa”.
Fueron días de una alegría embriagadora. En esa cancha la selección mexicana fue imbatible en tres partidos. No recibió un solo gol y devolvió la fe a una afición acostumbrada a las desilusiones. En el estadio el “Sí se puede” dio paso a una pregunta que abría la puerta a la esperanza: ¿Y si sí?
Pero el futbol posee una rara virtud: borrar incluso los momentos felices. A diferencia de otras actividades, en esta siempre se empieza de cero, nos dice Javier Marías. “No se acumula ni se atesora nada”. Lo que se ganó ayer pierde importancia frente al partido de mañana. La alegría pasada se evapora con las angustias del presente. Es, agrega el escritor español, una actividad que incita al olvido.
Como las lágrimas en la lluvia del replicante de Blade Runner, esas tardes de euforia también terminan por desaparecer.
De modo que el estadio Azteca volverá a ser un edificio que cobra vida los fines de semana y pasa la mayor parte del tiempo en soledad. El Mundial quedará reducido a un álbum de estampitas y a algunos recuerdos que se irán decolorando como fotografías viejas. Durante varias semanas parecía que el mundo habitaba ese estadio. La caravana levantó sus carpas y siguió su camino.
