En el instante que la pelota pegó en el travesaño y picó en el césped, fue como uno de esos trucos de magia en los que la velocidad engaña al ojo humano. Sin la repetición del videoarbitraje actual, nadie en el estadio Jalisco, aquel 1° de junio de 1986, fue capaz de registrar con certeza si el balón había cruzado la línea de gol. Lo que todos vieron esa tarde de verano fue cómo Míchel, centrocampista del Real Madrid, controlaba con el pecho y remataba con una volea directo a la portería. Luego vino la polémica y tras ella la sospecha de una injusticia perpetrada por un árbitro australiano.
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