▲ Eduardo Nachman en Guadalajara.Foto Arturo Campos Cedillo
Juan Carlos G. Partida
Corresponsal
Periódico La Jornada
Sábado 29 de agosto de 2026, p. 7
Guadalajara, Jal., La presencia de Eduardo Nachman (Buenos Aires, Argentina, 1956) en Guadalajara no es un hecho fortuito, sino un eslabón más en la larga cadena de resistencia y testimonio que ha sido su vida desde los 19 años, cuando su padre Gregorio fue víctima de desaparición forzada por la dictadura de Jorge Rafael Videla el 19 de junio de 1976, menos de tres meses después de que ocurriera el golpe de estado que el militar dio contra la presidenta Isabel Perón.
El cineasta, docente, teatrero y activista, quien prefiere que se le llame curioso antes que cualquier otra descripción, llegó a tierras jaliscienses como parte de una gira para presentar su documental Las venas siguen abiertas, un proyecto cinematográfico independiente y autogestivo que dialoga directamente con el legado de Eduardo Galeano, además de sostener una apretada agenda que incluirá su participación en la marcha dominical junto a colectivos locales de familiares de desaparecidos.
En entrevista, Nachman tiende un puente de dolor y esperanza entre el Cono Sur y México, luego de que su obra, que“los de abajo” frente al extractivismo y el nuevo colonialismo en Mesoamérica, es también el reflejo de una vida marcada por la búsqueda, la herencia paterna y una lucha incansable contra el olvido.
Para entender a Eduardo Nachman, es necesario retroceder en el tiempo hasta 1976 en Mar del Plata, Argentina, cuando sufrió la pérdida de un padre que desde entonces ha buscado sin encontrar su rastro.
La dictadura cívico-militar y eclesiástica de Videla acababa de instaurarse en el país, trayendo consigo una metodología represiva importada y perfeccionada de las experiencias francesas en Argelia y estadunidenses en Camboya: la desaparición forzada de personas.
“No sabíamos lo que era un desaparecido”, rememora Eduardo y cuenta que su padre, Gregorio Nachman, era un reconocido artista, teatrista, militante de la cultura y director del teatro de la comedia marplatense.
Padre e hijo acababan de regresar en mayo de un festival en Brasil, donde estrenaron una obra de teatro que la censura del régimen militar les había prohibido presentar en Argentina y fue cuando, un mes después, el 19 de junio, Gregorio fue secuestrado junto a otro actor del elenco.
A partir de ese día, comenzó un calvario de preguntas sin respuesta en cárceles, comisarías y distritos militares que Eduardo, quien da un sorbo al mate que gusta compartir, recuerda con nitidez.
Así le llega la imagen de la crudeza del trato recibido cuando, acompañado de su madre, acudió a una comisaría famosa por sus torturas previas a la dictadura y al preguntar por Gregorio, la respuesta del policía de guardia desnudó el prejuicio y el odio del régimen: “Ah, artista. Ah, puto. Judío. Y zurdo. ¿Para qué buscar?”.
Pero Eduardo siguió buscando y ese buscar transformó su vida y a su familia. Relata cómo, al acudir a las inmediaciones de la Casa de Gobierno –donde el dictador Jorge Rafael Videla ejercía el poder– para obtener información, descubrió que no estaba solo, que cientos de familiares, en su gran mayoría madres, se agolpaban en el lugar.
Fueron las propias madres quienes expulsaron al joven Eduardo de la plaza, un gesto que él recuerda hoy con profundo agradecimiento: “Me echaron porque era muy peligroso para mí. Por ser varón y joven. El machismo de los militares era tal que menospreciaban a las madres, no las consideraban, pero a los jóvenes los perseguían con saña. Me echaron para cuidarme”.
Eduardo no se exilió en el extranjero y optó por un “exilio interno” en Buenos Aires, ocultando su identidad bajo el apellido de su madre y su segundo nombre.
La esperanza de su madre de que Gregorio apareciera con vida –alimentada por llamadas telefónicas anónimas que les exigían mantener silencio a cambio de una supuesta legalización como preso político, y por la constante vigilancia de militares– lo mantuvo atado al territorio argentino.
La búsqueda individual se transformó en colectiva y tras años de apoyar a las Madres de Plaza de Mayo y a familiares de detenidos-desaparecidos, en 1995 Eduardo participó en la fundación de la agrupación HIJOS (Hijos e Hijas por la Identidad y la Justicia contra el Olvido y el Silencio).
Desde allí, junto a una generación de jóvenes, abrazó la lucha por la memoria de los 30 mil compañeros detenidos y desaparecidos.
De forma paralela ejerció durante casi 40 años como maestro de primaria y prescolar, alejándose de los escenarios pero no de la militancia. Fue tras su jubilación, hace una década, cuando el llamado del arte y la memoria de su padre lo impulsaron a retomar el teatro y el cine. Así nació el documental Gregorio por Nachman, un homenaje a su progenitor que hoy se proyecta en escuelas y centros culturales para mantener viva la memoria histórica y puede ser visto en YouTube.
El proyecto que hoy lo trae a México, Las venas siguen abiertas, nació de una conversación íntima hace 15 años en Chiapas con Eduardo Galeano.
Entre mates y cafés, el escritor uruguayo le confesó que no rescribiría su célebre libro porque no era economista ni había recorrido los territorios y Eduardo le propuso entonces registrar visualmente esa realidad.
Galeano, en términos futbolísticos, declinó salir a la cancha pero lo bendijo: “Ese es tu juego, retratar a los de abajo”.
Tras la pandemia, Eduardo vendió su auto, contrajo deudas personales y bancarias, y emprendió un viaje de cuatro meses y 7 mil 500 kilómetros por Mesoamérica junto a un solo compañero de equipo.
El resultado es un largometraje de 100 minutos que retrata el extractivismo moderno y la resistencia comunitaria en países como México, Guatemala, El Salvador, Honduras, Costa Rica y Panamá.
La coherencia política de Nachman quedó a prueba cuando representantes de Netflix le ofrecieron un maletín con un anticipo de 20 mil dólares y un contrato de 220 mil dólares por la exclusividad de la obra, a cambio de “tijeretear” el contenido político y silenciar las denuncias sobre el extractivismo.
Eduardo tomó su mate y dijo que no. “Mis hijos no están de acuerdo con eso”, ríe con ironía,“pero la locura y el humor de mi viejo tienen mucho que ver en estas decisiones”.
Hoy y hasta el domingo, Nachman camina por Guadalajara con la misma dignidad con la que buscó a su padre en los pasillos de la dictadura.
Su vida y su obra demuestran que, aunque las venas de América Latina sigan abiertas y sangrando, siempre habrá quienes, con una cámara y el recuerdo de sus ausentes, estén dispuestos a restañar las heridas y mantener encendida la llama de la justicia.
