▲ El actor estadunidense Andy Garcia llega a la proyección de la película Diamond en la 79 edición del Festival de Cine de Cannes .Foto Afp
C
on películas como Sin amor (2017) y Leviathan (2014) el director ruso Andrei Zvyagintsev se había distinguido como uno de los pocos en su país aún preocupado por hacer un cine ambicioso, de cualidades formales muy evidentes. Por desgracia, enfermó de gravedad con el covid y eso lo mantuvo alejado de las cámaras hasta ahora que ha realizado Minotaur.
La película se sitúa en un pequeño pueblo ruso en 2022, el año de la invasión a Ucrania, para describir la crisis laboral y personal de un influyente ejecutivo llamado Gleb (Dimitri Mazurov). En medio de recortes y peticiones gubernamentales de reclutar a empleados para llevarlos al frente de combate, el hombre averigua que su atractiva esposa Galina (Iris Lebedeva) lo engaña con un joven fotógrafo. Gleb acude a su departamento y lo mata a sangre fría, ocultando el cadáver en un riachuelo. La policía investiga, pero Gleb se sale con la suya.
Lo que ha hecho Zvyagintsev no es otra cosa que el remake ruso de La mujer infiel (1969), el clásico de Claude Chabrol. Igual que en la cinta francesa, Minotaur muestra el esfuerzo del marido cornudo por limpiar las manchas de sangre, eliminar pruebas en la escena del crimen y deshacerse del cuerpo de la víctima. Sin embargo, el cineasta ha querido filtrar un comentario crítico sobre Ucrania y se ven y escuchan imágenes y sonidos alusivos a la guerra. Francamente, en el contexto de la intriga principal, eso se siente como un pegote añadido para darle relevancia política.
Por otra parte, también se exhibió en concurso Amarga Navidad, la más reciente realización del español Pedro Almodóvar, estrenada en su país desde principios de año, suscitando comentarios elogiosos o escépticos. Me incluyo en el segundo grupo.
La película es estilísticamente impecable, está actuada por un reparto (Bárbara Lennie, Leonardo Sbaraglia, Aitana Sánchez-Gijón) muy profesional, ostenta la inventiva cromática de su autor, hace un homenaje –doble– a Chavela Vargas… pero no funciona. Su eje narrativo es una llamada autoficción escrita por el personaje de Sbaraglia, sobre el de Lennie e inspirado por el de Sánchez-Gijón. Se supone debe operar como cajas chinas, sin que eso suceda. Salvo unos detalles chispeantes al principio, Amarga Navidad aburre y eso no es digno de Almodóvar.
En una secuencia, Sbaraglia pronuncia diálogos que suenan a un cineasta haciendo autocrítica. Quizá sean los únicos momentos veraces.
Ya en los últimos días del festival, vamos a los números. Hasta ahora, la concursante que ha ganado en el aplausómetro es Fjord, del rumano Cristian Mungiu con doce minutos de ovación. En las calificaciones de la crítica internacional, de un total de cinco puntos sólo dos títulos han ganado tres puntos: Fatherland, de Pavel Pavlikowski con 3.3, y De repente, de Ryusuke Hamaguchi, con 3.1. De las peor calificadas están La oveja en la caja, de Hirokazu Koreeda con 1.4, Historias paralelas, de Asghar Farhadi, con 1.7, y Garance, de Jeanne Herry, con 1.7. Conste que no me he puesto de acuerdo con mis colegas.
Mis lectores sabrán disculpar que no puedo comentar sobre S eis meses en el edificio rosa con azul, de Bruno Santamaría Razo, el otro largometraje mexicano en todo el festival, además de Ceniza en la boca, de Diego Luna. De alguna manera, la programación de la sección oficial se las arregla para estrangular a las secciones paralelas. Es una estrategia buscada y ejecutada con malicia. Hasta ahora, no he podido ver una sola proyección de la Quincena de Cineastas o de la Semana de la Crítica, donde se seleccionó la película de Santamaría. Ya la veré en México.
X: @walyder
