S
uena como la madera que se rompe, como varas trozadas que emiten un chasquido que congela el espinazo. Los testimonios de quienes han escuchado un hueso quebrarse son tan vívidos que estremecen: nunca olvidan ese crujido. Quienes sufren una fractura suelen recordar más el sonido de la quebradura que el dolor en sí mismo. ¿Será que un soundtrack tiene mayor efecto dramático que la propia trama? Cuando a Maradona le rompieron el tobillo con una brutal barrida por la espalda, sólo comprendió la gravedad del trauma gracias a ese ruido.
“Oí un ruido, fue como de una madera rota”, dijo el Pelusa sobre aquel incidente cuando jugaba para el Barcelona en 1983 y que lo alejó de las canchas por más de tres meses. Andoni Goikoetxea, el central que estuvo a punto de retirar a Maradona, cargará el resto de sus días con la culpa de romper uno de los huesos más virtuosos del futbol y con un apodo infame: El carnicero de Bilbao.
Martín Palermo, otro argentino que se consolidaba en España, tampoco recuerda un dolor insoportable al hablar de su fractura de tibia y peroné cuando anotó para el Villarreal en una Copa del Rey en 2001. En su historia no hay ruido de fondo. Sólo la imagen de un accidente absurdo hasta el extremo. Después de meter el balón en la portería del Levante, fue al borde de la tribuna para celebrar el gol. La multitud se agolpó en un barandal que cedió al peso y terminó por romper a quien sólo merecía un abrazo.
El escritor Juan Villoro cuenta que su generación aprendió de la existencia de ese par de huesos, cuando el futuro de la selección mexicana en el Mundial de 1970 fue segado por un resbalón en una cancha húmeda. Alberto Onofre fue el jugador que no pudimos ver jamás como héroe tricolor. En el último entrenamiento, cuatro días antes de que se inaugurara la primera Copa del Mundo en México, el centrocampista de las Chivas se patinó en el césped y se estrelló contra Juan Manuel Alejándrez, un defensa que ni siquiera lo marcaba en ese momento. Doble fractura de una promesa.
En ese mismo Mundial, al inolvidable Franz Beckenbauer no se le quebraron los huesos, pero se le separaron tras una caída en el Partido del Siglo ante Italia. Sin posibilidad de salir del campo, eligió la ruta más histriónica del heroísmo: jugar con el hombro vendado y el brazo inmóvil en un cabestrillo. No hay imagen más romántica que un Kaiser herido pero aún en batalla.
En este Mundial de 2026, en el que ya contamos con cierta experiencia en anatomía del desastre, podemos estremecernos con la sabiduría de quien puede nombrar cada hueso que cede en una jugada. Apenas se cumplió la primera semana de este torneo, y el canadiense Ismael Koné nos ofreció una escena de tenebrismo puro. En la disputa por una pelota, se estrelló contra el qatarí Assim Madibo. El norteamericano quedó tumbado y con la pierna que se mecía como péndulo. Un rival con las manos en la cabeza lo miraba aterrado. Al final, el hombre roto salió en camilla y sonreía ante un estadio que lo ovacionaba como a un héroe trágico.
▲ Ilustración elaborada con IA/ Gemini de Google
Maradona pudo regresar para convertirse en mito del Siglo XX. Sobre sus hombros cargó al Napoli y a la selección argentina para que vivieran sus momentos de mayor esplendor. Palermo ya no pudo despegar en España, pero volvió a su país para convertirse en un ícono de Boca Juniors. El Kaiser se volvió inmortal en 1970. Sólo Onofre no volvió a ser el mismo, con esos huesos que se rompieron antes del Mundial, se quebró su futuro y la ilusión de los aficionados mexicanos que pensaban que ahora sí, pero hasta la fecha, pues no.
Algunos destinos no tienen más remedio que reinventarse. Darío Silva, el ex seleccionado uruguayo que perdió una pierna en un accidente de auto, aprendió a mirarse sin conmiseración. Aunque su carrera quedó interrumpida, años después relató con una dosis de humor negro que se percató de su tragedia cuando sintió que le picaba el tobillo y no pudo encontrarlo. Aprendió a caminar con solvencia y a bailar candombe.
Las piernas para un futbolista son lo que las manos para un pianista: más que herramientas de trabajo, son la lengua con la que le hablan al mundo. Sin ellas ni siquiera pueden ser dignos de llevar el nombre de su oficio. Por eso, los futbolistas las aseguran por cifras descomunales.
En una nota de Los Angeles Times reportaron que cuando Cristiano Ronaldo jugaba para el Real Madrid, sus piernas estaban aseguradas por 120 millones de dólares. Las de David Beckham lo estuvieron por 130 millones. Es curioso que las manos del portero Iker Casillas apenas alcanzaron los 9 millones. En este negocio, las piernas valen más que las manos pues, además de estar prohibidas para casi todos, pueden llevar a un penalti.
Por eso, la biografía del músico austriaco Paul Wittgenstein deslumbra por lo extraordinaria. Un pianista sin una mano es una imagen tan cruel como la de un futbolista sin piernas. Al estallar la Gran Guerra, Wittgenstein se enroló en el ejército. En el frente oriental, una bala rusa le provocó la amputación del brazo derecho. Lo que pudo ser el desenlace de una radionovela de época, se transformó en la obsesión de un músico que desarrolló un sistema para digitar el piano con la mano izquierda. Ravel compuso un concierto para que Wittgenstein la interpretara con la mano que sobrevivió.
Si escuchamos las melodías de Wittgenstein no podemos dejar de imaginar su brazo fantasma, del mismo modo que nos afecta recordar a un futbolista tras un accidente de auto. Cuando un artista o un atleta pierde la parte más simbólica de su cuerpo, escuchamos un crujido que espanta. Un sonido de madera que se troza recuerda que el sentido es tan frágil como un hueso en una cancha.
