▲ Marcelo Ebrard, durante la quinta plenaria de Morena.Foto Roberto García Ortiz
P
or allá de los años 50, los estudiantes que llegábamos a esta ciudad a continuar nuestros estudios profesionales solíamos juntarnos, básicamente, de acuerdo con nuestros orígenes, pues en nuestras tierras no existían muchas facultades para cursar la carrera. Muy frecuentemente, elegíamos nuestros estudios en la misma profesión que los padres o que algún miembro exitoso de nuestras entidades.
Poco a poco nos fuimos agrupando: los norteños por un lado, los estados del centro y sur del país por otro. Lógicamente, si sumábamos a unos y otros, era muy notoria la diferencia en la forma de hablar, de vestir y hasta en los alimentos típicos de las cocinas en nuestros lugares de origen. Al abulón, por ejemplo, que actualmente es una de mis comidas favoritas, lo conocí por un compañero de ascendencia japonesa de nombre Jorge Shinohara, con quien coincidí en una de las casas de asistencia que habité al llegar de Saltillo.
Allí acostumbrábamos, una vez al mes, recibir de nuestras familias lo que en el argot militar se conoce como “munición de boca”, gracias a lo cual probamos platillos o ingredientes que nos eran completamente desconocidos. Recuerdo que, en uno de los cuartitos, donde vivíamos tres o cuatro jóvenes, estaba Shinohara, un estudiante de medicina, que venía de una entidad tan distante de la capital como lo es el estado de Baja California.
Pues cuando le llegó su turno de compartir algo de los alimentos que le habían enviado de casa, nos encontramos con algo que nos pareció más que una broma. A la hora de desempacar la caja, nos encontramos con unas piedras redondas imposibles de comer. Shinohara les llamaba abulón.
Por consejo de él, metimos las rocas en unas bolsas y en los corredores de la casa, nos enseñó a golpearlas en el suelo, para después meterlas en agua caliente. Enorme sorpresa nos llevamos cuando nos dio un gran agasajo al preparar ese delicioso platillo. A partir de entonces no puedo probar una de estas exquisitas piedras sin recordar el menú que Shinohara preparaba.
En el mismo cuarto que Shinohara, vivía un estudiante del Politécnico, bastante mayor que el resto, al que conocíamos como el ingeniero Magaña. Después de varios años de convivencia, creo que nunca supimos nada de él, pues rara vez cruzaba con nosotros algo más que un saludo.
Pues en una ocasión, al regresar de su pueblo en Michoacán, trajo un morralito con una docena de huevos que atesoraba en su pedacito del armario. Cada mañana, a la hora del desayuno, el ingeniero entregaba a la señora Edith, la dueña de la casa de asistencia, un huevo para que lo agregara a la mísera ración que incluía su pago mensual. Como se imaginarán, esto lo hacía el receptáculo de las más intensas envidias de los que allí vivíamos.
Hartos de sus malos tratos, decidimos un castigo. Cuando el ingeniero salió, entramos a su cuarto y tomamos los huevos que había dejado sobre su catre y empezamos a agitarlos. Al día siguiente, cuando la señora Edith quebró el huevo, vio con sorpresa que éste venía revuelto.
Para evitarse problemas, llamó al ingeniero para mostrarle que éste había salido mal. Uno a uno, fueron quebrando el resto, pero todos salían igualmente batidos. A partir de entonces el ingeniero desistió de traer huevos de su pueblo y así, la equidad de los habitantes se restableció en la casa.
Por ahora el espacio de la columneta se ha terminado, dejaremos para la próxima semana el relato de la primera pelea que tuve con Monsiváis.
