▲ El Fan Fest del Zócalo, en pleno éxtasis tricolor.Foto Jair Cabrera
Hermann Bellinghausen
Periódico La Jornada
Viernes 19 de junio de 2026, p. 4
La alegría es lo que cuenta. Antes, durante y luego. Ganamos pues. Poco de qué enorgullecerse, pero con eso basta. Y el resultado permitió el baile con soltura al son de la diyei en el tiempo complementario del festejo. Un gol es más que ninguno. Y vaya que lo es.
Antes del cotejo, la tarde se dirigía al Zócalo con la gente en plan de fiesta. Hay relajos un tanto incomprensibles, como el del mexicano que grita en la esquina de Motolinía y 5 de Mayo, con cara de madréame por favor: “¡Co-rea, Co-rea! ¡Viva Corea!” La multitud fluye en diversas direcciones, como un hormiguero atareado, pero toda ella tira al Zócalo, donde un animador inspira innecesaria competencia con Guadalajara porque “aquí somos más” y se autoalburea: “la vamos a ver ganar”, cuando la escuadra nacional pisa el campo. En alegre desorden, más de la mitad de la gente porta la verde, y si no, sus variantes beige y blanca, en conmovedora uniformidad vestuaria.
Por cierto, en materia de colombianos, los partidos del Mundial en el Centro son como el líquido que usaban los fotógrafos para revelar sus imágenes. Se le reconoce por la camiseta propia, amarillísima, y uno ve que suman cantidades, y los supone residentes, no turistas. La fiesta les gusta, aunque hoy Colombia no juega.
En las esquinas circundantes hay pantallas para disuadir a la gente a seguir a la Plaza de la Constitución, totalmente colmada. Y ante la valla policiaca, la gente se resigna. De momento, donde esté hoy un mexicano hay promesa de fiesta. Que se cumple. Uno-cero es suficiente.
Durante el primer tiempo, una serie de meleés y empujones tibios, un casi gol de Corea en el minuto 15 que Edson Álvarez salva de tijera, permite a la gente palpitar aliviada, no obstante que era fuera de lugar.
Al minuto 19 Quiñones casi, casi. Las carreras largas delatan pereza en ambas escuadras, imprecisas por igual. La primera mitad del partido sólo emociona a los más emocionales. Al medio tiempo la lluvia ahuyenta a las familias con niños. El segundo lapso legitima las emociones patrióticas.
El gol al minuto 50 despierta algo más que el entusiasmo en automático que había, y el ánimo se anima aunque el juego no mejore. Al menos no empeora. El grito de gol apabulla el aire y se oye el primer Cielito lindo de la noche. Matracas. “Corea va a probar el chile nacional”. Y llega el paradón de Rangel en el 87. “¡Portero, portero, portero!” Eso y poco más.
La diáspora deja ver a uno de los BTS tamaño natural y permite que las chicas que lo trajeron al partido le pongan la verde, felices, y le besen la boca de cartón, felices de conquistarlo.
Un partido estándar de liga, aburridón. Más errático el equipo coreano, por fortuna. México gana por la mínima diferencia. Literalmente. O sea, fue muy poca la diferencia. Pero así es el futbol y el “vámonos al Ángel” acompaña los últimos minutos de compensación del cotejo.
El inaudible silbatazo final en el estadio de Zapopan desata matracas, ¡Méxicos! y cornetazos. La alegría que traíamos preparada se deja explotar al fin porque ni modo que no, pero si así va a jugar la nuestra, ¡ay wey!
Y “vámonos al Ángel”.
