Los jefes autoritarios no te queman solo por lo que te dicen. Te queman porque te los llevas a casa.
El lunes empieza con un nudo en el estómago. El domingo por la noche ya no estás en el domingo, estás en la reunión del lunes. Y, sin darte cuenta, la mitad de tu energía mental se va en imaginar broncas que todavía no han pasado, en preparar respuestas para preguntas que quizá nadie te haga, en repasar conversaciones del jueves pasado pensando «tenía que haber dicho esto otro». Eso quema. Y mucho.
Y lo peor no es eso. Lo peor es que, sin darnos cuenta, empezamos a hablarnos solos. Y nos hablamos fatal. «¿Por qué me hace esto a mí?». «Algo habré hecho mal». «A lo mejor no estoy a la altura». «Será que no valgo».
Un jefe así nos tumba la autoestima. Cuando, paradójicamente, la mayoría de las veces eso pasa precisamente por la falta de autoestima del propio jefe, y por su enorme dificultad para enfrentar y gestionar… ¡tachán!: el miedo.
Esto me lo enseñó el teatro mucho antes que las empresas.
Te cuento salseo del teatro. La semana anterior al estreno de una obra, en cualquier compañía del mundo, saltan chispas. El director más cariñoso de pronto grita, actores y actrices veteranas se tensan, maquillaje discute con regiduría. Hay portazos. Y todo esto pasa por una sola cosa: miedo. Miedo a que la función no salga, a quedar mal, a la crítica, a fracasar delante de mil personas. Cuando se acerca el momento de la verdad, cada uno saca su versión… peor.
Y luego pasa lo bonito. Llega el día del estreno, cae el telón después del último aplauso, y de pronto todos nos abrazamos entre cajas. «¡Siento lo que te dije!» «¡Y yo!» «¡Perdóname!» «¡Te quiero!» «¡Yo también te quiero!» Jajaja. Llanto, risa, cervezas, todos amigos otra vez. Como si esa semana horrible no hubiera pasado.
¿Por qué? Porque ya pasó el miedo.
En las empresas pasa lo mismo. Solo que el estreno nunca llega. Hay jefes que viven todo el año en esa semana anterior al estreno: con miedo a no llegar al número, miedo a perder al cliente, miedo a perder el control del equipo, miedo a que su jefe les pille en mal momento, miedo a que se les vea inseguros, miedo a que parezca o incluso se vea que no están preparados. Y como el miedo no lo pueden mostrar (un jefe con miedo «es débil», piensan), lo descargan hacia abajo, transformado, en forma de control, microgestión, exigencia desproporcionada, mal humor. Y como de nada de eso se pueden hacer cargo, lo ponen todo en los demás. Los demás son los culpables. Tú en este caso.
Cuando entiendes eso, algo cambia. No cambia el jefe, cambias tú. Lo que antes leías como un ataque, ahora lo lees como información: «hoy tiene mucho miedo encima». Y eso, aunque no cambia a tu jefe, te da una forma muy buena de gestionarlo.
Te pongo un ejemplo. Imagina que tu jefe te dice, delante de dos compañeros, en un tono cortante: «¿De verdad has tardado tres días en mandarme esto? (algunos incluso dicen: esta mierda)»
- Versión A — lo lees como ataque: «Me está humillando. Me tiene manía. No me valora. Soy un inútil». Llegas a casa hecho polvo. Le das vueltas toda la noche.
- Versión B — lo lees como información sobre él: «Está nervioso. Algo le aprieta hoy. Probablemente le acaba de meter caña su jefe, o tiene una reunión importante, o lleva mal trimestre». Respondes profesionalmente, sin dramatizar. Y cuando sales del despacho, no te lo llevas. Coges su conjunto de palabras, haces una pelota con ellas, las colocas en la puerta de su despacho y te dices “dejo aquí tu extrema dificultad para gestionar esto con empatía y asertividad. Es tu dificultad, no la mía” Porque no era para ti.
Esto no es ingenuidad. No es decir «pobrecito, está asustado». Es dejar de poner tu autoestima en manos de alguien que está demasiado nervioso, inseguro o aterrado como para gestionarla bien.
Y muchas veces pasa otra cosa interesante: las personas que aprenden a no entrar al trapo cuando el jefe está en su peor momento, acaban siendo de las pocas con las que ese jefe puede hablar de verdad. No siempre, claro. Pero pasa más de lo que parece.
Una nota final, por si algún jefe está leyendo esto. Yo fui un jefe que no me atrevía a mostrar mis debilidades. Creía que tenía que ser duro, impasible, sabio. Saber responder a todo. Tener las verdades de todo. Por el camino sufrí mucho y dirigí mal.
Pero poco a poco fui descubriendo que mostrarme vulnerable no me hacía más débil, sino todo lo contrario. El día que me dije a mí mismo que el miedo está cerca de cada decisión, empecé a aprender a gestionarlo. Y empecé también a contarlo. A decirle a mi equipo, sin dramas, «esta semana ando preocupado con esto» o «voy un poco perdido, ayúdame a pensarlo». Y descubrí algo que no me esperaba: nadie me perdió el respeto. Al revés. La gente se acercó más. Aportó más. Se implicó más.
Resulta que lo que tu equipo necesita de ti no es que seas infalible. Es que seas humano, lo otro ya lo intuyen. Y cuando intentas esconderlo, lo que perciben no es fortaleza. Es debilidad.
Como lo que contaba del teatro, al final, lo que de verdad nos une no es haberlo hecho perfecto, es habernos pedido perdón a tiempo.
Coté Soler, CEO de BeLiquid
