Los lagos de montaña tienen algo que los hace diferentes. No basta con aparcar el coche y acercarse hasta la orilla, porque casi siempre hay que caminar un rato entre bosques, cruzar praderas o salvar algún desnivel antes de que aparezcan ante nosotros. Precisamente ahí está parte de su encanto. La ruta forma parte de la experiencia y el paisaje recompensa con creces el esfuerzo.
Eso sí, conviene ir con la idea correcta. Aunque el agua invite a acercarse, muchos de estos lagos se encuentran dentro de parques nacionales y espacios naturales protegidos donde el baño está prohibido para preservar unos ecosistemas especialmente frágiles. Aquí el verdadero atractivo está en la caminata, en el paisaje y en la sensación de llegar a un lugar privilegiado. Hay rutas para todos los niveles, desde paseos sencillos hasta excursiones algo más exigentes, pero todas comparten esa recompensa final.
